
Una paciente me contaba de su sobrina…
Tiene 12 años y su mamá le encontró un hueco en el cuero cabelludo…
Al parecer se estaba rascando por ansiedad.
Seguir leyendo Mis miedos infantiles que que creo preocupaciones adultas

Una paciente me contaba de su sobrina…
Tiene 12 años y su mamá le encontró un hueco en el cuero cabelludo…
Al parecer se estaba rascando por ansiedad.
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Creo que con cierto nivel de consciencia llega una frustración muy particular:
Estar tropezando con la misma piedra y que haga lo que haga concluyó con una emoción incómoda.

Por lo general rechazo emociones que no me hacen sentir cómodo, por ejemplo: la tristeza, el dolor, la confusión y, en particular, la ansiedad.
El reflejo de rechazar es natural si algo lastima, pero la mayoría de las veces, rechazar una emoción, la amplifica.
Una forma amable y más práctica de diluir un sentimiento desagradable implica tomarlo como combustible.
El otro día abrumado, empecé a decirme que debería ser más congruente…
Era una de varias exigencias nebulosas que se filtraban con mi preocupación.
De pronto caí en la cuenta que ya llevaba varias…
“Deberías de ser más maduro”, “deberías de ser menos infantil”, “deberías de ser menos dramático”…


Me sorprende lo sigilosa e impactante que es la influencia del miedo y la culpa en tantos de mis deseos y objetivos.
Con preocupación, tristeza, enojo…
Una manera de pausar estos sentimientos si son crónicos, se logra con la pregunta:
¿Esto es mío?
¿Qué tanto esta angustia, esta tensión, este miedo es mío?
¿Qué tanto es de otra persona o grupo?

Las ganas, el ánimo, la inspiración, la motivación, son una experiencia que puede ser controlada.
El reto es que esta experiencia es abstracta y subjetiva.
No se ve, como el dinero en una cuenta, ni como el tiempo en un reloj o calendario.
Las ganas de estar con alguien, de hacer algo, de quedarse en un lugar, se alimentan o erosionan.

El juego es un lienzo que permite conocer cómo me muevo en condiciones más serias.
Es un principio de trabajo con niños y adolescentes en terapia:
más que el lenguaje, los juegos y los dibujos muestran con pureza lo que pasa en su interior.
Y de adulto puedo aprovechar ese contexto para descubrir cómo interactúo con la realidad, en mis relaciones, trabajo o economía.