Voy a ser cursi:
“Háblate bonito.”


Hambre de mirada, escucha, conexión, calidez.
Quiero ser mirado, tocado, escuchado, pero no invadido. No por cualquiera, ni en cualquier momento.

Octubre de 2024, Ara y Chava, una pareja de amigos, me sonsacan para acompañarlos a hacer una ruta del Camino de Santiago en España.
1 año después regresábamos de hacer la ruta portuguesa por el interior. Con pies hinchados, más por el alcohcol y el largo vuelo que por caminar, y relamiéndome el recuerdo.
Los viajes me cuestan mucho a nivel interno, me confrontan y me enseñan. Mi cuerpo reacciona e integra aprendizajes con crudeza, sin filtros, muchas veces más rápido de lo que le gustaría a mi cerebro.
Así se incorporó ubo una lección magistral del Camino de Santiago.
Cada quien su Camino.
“Invitarte, en lugar de prohibirte”, me digo.
“Invítate, en lugar de prohíbete”. Me repito.
Si me sugiero con una invitación, siembro una posibilidad amable que puede germinar con una inercia que me sorprenda.
Si me prohibo, me termino por obsesionar con eso que trato de evitar.
Hace unas semanas vi una película que me fascinó.
La Vida de Chuck.
Esta película me invito a bailar.
Mis videos me invitan.
En las fotos me achico, me cohibo, pero en los videos, me brota una vanidad lúdica y curiosa.
Mi maestra de baile me mandó un video bailando. El video, igual que la película, me invitó a bailar.

Leí una idea liberadora.
En un taller de creatividad, la maestra les pide sus alumnos que escriban tal como les venga a la cabeza la conclusión de la siguiente oración:
“Si no tuviera que hacerlo perfecto, yo:…”


En el consultorio y en mi cráneo me encuentro con una afirmación que se acompaña de frustración.
Un “Yo sé…”
Que viene junto con pegado con algún “debería”.
Menciono la frustración, porque aunque a nivel intelectual, moral y social sé mucho, rara vez eso que se sé coincide con lo que siento, o con algún resultado concreto que no se define por más piedra que pico desde ese deber ser.

Despierto 4am sin planearlo. Lunes.
Pido un coche a la casa de mi papá y mi tío donde pasé la noche, para que me lleve a mis rumbos.
Llegó a un Starbucks y me quedo con la vista perdida. 6am, vacío, silencioso.
No me gusta el tráfico, es rarísimo que lo experimente. Parece que mi cuerpo lo entiende y por eso se levanta tan temprano, no duda en madrugar si eso le permite escaparse de la saturación de quedarse en una jaulita con ruedas rodeado de otras jaulitas.
Cometo sin darme cuenta uno de los máximos sacrilegios, de esos que ofenden las convenciones, me cacho: PERDIENDO EL TIEMPO.

Ingenuo. Soy muy literal y lento, la mayor parte del tiempo.
Si no me juzgo, esas características eclipsan a mi parte escéptica, “realista”, lógica y cínica… y con algunos libros ese estado provoca magia.
¿Cómo distingo el dolor de romper mis patrones y crecer, del dolor que me pide alejarme de algo o protegerme?


“Autosabotaje”.
Idea recurrente y frustrante.
Un ejercicio de conciencia y responsabilidad que se puede volver un instrumento de maltrato.
Hace casi un año empecé a ser atento a la idea de “bloqueo”.
De que traigo algunos bloqueos emocionales que me dificultan moverme o recibir lo que digo que quiero.
Por bloqueo entiendo cualquier resistencia que surge cuando me pido: fluir, agradecer, soltar, aceptar, rendirme, creérmela o palabras equivalentes no son tan sencillas de ejecutar.
Al reconocer esos “bloqueos”, me intrigó explorarlos y suavizarlos, en lugar de negarlos.
Hace unas semanas meditando, me encontraba con una intención que me dio alivio. Buscar ayuda. Reconocer con humildad que esos bloqueos no son tan fáciles de trascender…
La intención fue:
“Ayúdame a dejar de interferir”.