Leí una idea liberadora.
En un taller de creatividad, la maestra les pide sus alumnos que escriban tal como les venga a la cabeza la conclusión de la siguiente oración:
“Si no tuviera que hacerlo perfecto, yo:…”

Leí una idea liberadora.
En un taller de creatividad, la maestra les pide sus alumnos que escriban tal como les venga a la cabeza la conclusión de la siguiente oración:
“Si no tuviera que hacerlo perfecto, yo:…”


En el consultorio y en mi cráneo me encuentro con una afirmación que se acompaña de frustración.
Un “Yo sé…”
Que viene junto con pegado con algún “debería”.
Menciono la frustración, porque aunque a nivel intelectual, moral y social sé mucho, rara vez eso que se sé coincide con lo que siento, o con algún resultado concreto que no se define por más piedra que pico desde ese deber ser.

En junio empezó, se consolidó en julio y agosto: una crisis rara.
Las ganas, el ánimo, la inspiración, la motivación, son una experiencia que puede ser controlada.
El reto es que esta experiencia es abstracta y subjetiva.
No se ve, como el dinero en una cuenta, ni como el tiempo en un reloj o calendario.
Las ganas de estar con alguien, de hacer algo, de quedarse en un lugar, se alimentan o erosionan.

En una época que se enfoca en la productividad, el consumo, los beneficios y vivir intensamente, resulta frecuente encontrarse con la frustración de no obtener resultados a partir de un esfuerzo que antes generó una consecuencia bien definida…

Preguntarme en un lapso definido de una experiencia cuál fue mi peor momento, me ayuda a aprender y a rastrear que decisiones influyeron para ese malestar.
Con frecuencia me encuentro con la duda de porqué dejó experiencias que me convienen o dominaba.
En lugar de inspirarme, está evaluación sesgada con el pasado me desanima.
¿Por qué antes trabajaba más o entrenaba más o ahorraba más..?

Me parece fascinante y práctico rastrear la esencia de algunas actividades que me gustan; el pedacito que puede generar grandes resultados con poco esfuerzo.
En los últimos 2 meses en medio de miedo, achaques, somatizaciones y lesiones le bajé a la escalada…
A diferencia de otras veces en las que me frustro y pienso que perderé lo ejercitado por la pausa…
Ahora el miedo a estar enfermo, dirigió mi atención a algo menos superficial que el ejercicio y aclarar mis temas de salud.
“No hay un mal entrenamiento”.
Es una idea recurrente que ya he mencionado antes y que me ayuda a moverme cuando no ando al 100, cuando me lesiono, cuando pierdo dinero, cuando suelto hábitos que me enriquecen.
“No hay un mal entrenamiento”, se refiere a que una vuelta a la calle, 1 peso ahorrado, un acercamiento torpe en un momento de silencio resentido… son ejecuciones que para mi parte lógica no tienen sentido, pero que a la parte emocional le brindan 2 beneficios:
1) identidad, a partir de una acción concreta, y:
2) inercia, para dar continuidad a algo que se mermó o arranque a algo que parece abrumador.
Hace unas semanas me encontré con un agregado a la idea de que no hay mal entrenamiento…
En realidad siempre hay un entrenamiento, sólo que no vemos hacia dónde se orienta la inercia. Si compro, dejo de ahorrar; si soy indiferente, dejo de ser empático. Siempre hay un hábito que se cultiva con acción u omisión.
