
Me sorprende lo sigilosa e impactante que es la influencia del miedo y la culpa en tantos de mis deseos y objetivos.
En ideas como “Gustos culposos” o la necesidad de que alguien se dis”culpa”, percibo como la palabra “culpa” puede resultar tan impetuosa e inconsciente.
Me quedo pensando cuánto soy “responsable”, más como un ejercicio de miedo por no sentirme culpable o de vivir una sanción, que por un auténtico movimiento de amor o curiosidad.
Y la respuesta me asusta…
¿Cuánto hago o dejo de hacer con miedo o culpa a…
engordar,
enfermar,
“perder” (dinero, tiempo, “respeto”, “reputación”, “lo ganado”, seguridad, relaciones),
no querer “desperdiciar”,
no ser “productivo”
sentirme “mala” persona ?
¿Qué tanto comer, el sexo, ganar dinero, ser aceptado, crecer en el trabajo, tener salud…
…se permea por una culpa inconsciente?
Cuando no tengo algo de lo mencionado arriba es fácil añorar, pero al tenerlo es aún más fácil aburrirse, darlo por supuesto, querer más, o pensar que no lo merezco, o es suerte haber conseguido algo.
En este panorama obscuro, me resulta alentador pensar que una forma de cultivar motivos más inspiradores que la culpa, tiene como primer paso preguntarme qué tanto me muevo por miedo, para así cacharlo antes de ejecutar o soltar algo.
Observarme,
preguntarme con delicadeza
y contestarme con sinceridad tratando de no juzgarme,
son actitudes amables y prácticas que diluyen la exclusividad de la culpa como musa de mis movimientos.
Creo que sí algo no se infecta de culpa, disminuirá la posibilidad de un autosabotaje, y también la compulsión para inventarme de forma indiscriminada nuevas metas que me prometan una felicidad superficial.
Justo ayer pensaba en esto, Arturo, en que “tengo que dejar de hacer…, porque tengo cosas más importantes en qué pensar”.
Gracias por la entrada, seguiré pensando.
🙂
Y a lo mejor, de esas cosas importantes en que pensar aún se puede filtrar.
¡Gracias por escribir Soledad!