
Por lo general rechazo emociones que no me hacen sentir cómodo, por ejemplo: la tristeza, el dolor, la confusión y, en particular, la ansiedad.
El reflejo de rechazar es natural si algo lastima, pero la mayoría de las veces, rechazar una emoción, la amplifica.
Una forma amable y más práctica de diluir un sentimiento desagradable implica tomarlo como combustible.
Las emociones son energía, usarlas supone agotarlas, y agotarlas brindará un estado diferente.
El proceso descrito me hizo sentido hace unos meses cuando un paciente me buscó para pedirme apoyo en un ataque de ansiedad.
Al estar en sesión, tuvo la gentileza de compartirme el dibujo que aparece en este escrito.
Me asombró que surgió de rayones sin una intención clara en un momento de nervios desbordados, y a partir de ese divagar de pluma, mi paciente empezó a darle forma a su emoción y a encontrar un poco de alivio.
Yo tiendo a escribir, medirar o a escalar mi angustia, mi culpa o mi tristeza. A veces también la bailo.
Creo que todos tenemos diferentes lienzos y voces.
Ser sensibles a los momentos en los que nos sentimos más ligeros o juguetones, nos dará visión de herramientas que nos permitan adueñarnos del dolor y del miedo en sus diferentes formas.
Tener la claridad de que contamos con desagües para sentimientos molestos, nos dará confianza y disminuirá la posibilidad de la aparición de la incomodidad.