“Invitarte, en lugar de prohibirte”, me digo.
“Invítate, en lugar de prohíbete”. Me repito.
Si me sugiero con una invitación, siembro una posibilidad amable que puede germinar con una inercia que me sorprenda.
Si me prohibo, me termino por obsesionar con eso que trato de evitar.
Hace unas semanas vi una película que me fascinó.
La Vida de Chuck.
Esta película me invito a bailar.
Mis videos me invitan.
En las fotos me achico, me cohibo, pero en los videos, me brota una vanidad lúdica y curiosa.
Mi maestra de baile me mandó un video bailando. El video, igual que la película, me invitó a bailar.








