
Ayer en sesión con un paciente me compartió que había chocado.
Su primera impresión fue que había sido una catástrofe.
Al dar la vuelta y estacionarse, vio que lo sintió más aparatoso de como se veía.
Y al llegar al portón de su casa, la primera impresión se redujo aún más.
Agregó que tomaba para como referencia para percibir el golpe, una idea que recién había leído:
“No te dejes llevar por la primera impresión de una falla, va a ser sesgada”.
Eso me deja pensando cuánto me desequilibran algunos eventos que salen de lo conocido o furstran mis expectativas.
La primera posibilidad hacia el alivio es reconocer que ya me afectó, y que an algún momento en el futuro, 10 años más adelante, es poco probable que me conmueva igual.
A eso me parece que se refiere la capacidad de ver de forma cada vez más modulada, referida por mi paciente.
La segunda posibilidad para disminuir el malestar es ver esa experiencia que sale de mi control como algo útil, aún con su respectiva incomodidad: bien sea una brújula para orientarme a partir de lo que me duele, o bien como una herida que pueda empezar a curar.
Mientras tanto, si la herida de mis expectativas está fresca y teme que se vuelva a sentir un golpe de ansiedad, de tristeza, de enojo o de cualquier emoción que trato de evitar, vale la pena considerar la siguiente estrategia:
Preguntarme cómo voy a recibir ese golpe.
Por lo general si algo me disgusta o me invade, lo recibiré con resistencia si lo anticipo, pero si trato de considerar una recepción suave, jugar con ese golpe, torearlo, usar su energia, puedo llevarme sorpresas de que “el golpe”, quizá incluso en un caso afortunado y extremo, cicatrice mi herida.
O en situaciones menos optimistas se utilice como energía.
Con la tristeza me sensibilizo y me abro a los demás, con la angustia tengo pila para hacer cosas que normalmente me dan pereza, o exploro experiencias diferentes a lo cotidiano.
Algo que me confronta con considerar la recepción de los golpes es un anécdota que mi maestra de baile cuenta a veces:
una ocasión recibió la patada de una mula en la cadera…
Lo que a la mayoría de la gente le hubiera roto los huesos, a ella no le ocasionó ningún daño…
Menciona que siguió la inercia del golpe y se dejó ir con esa fuerza, en lugar de ponerse tensa.
No lo planeo, fue un reflejo que vino de una práctica constante de fluir en el baile y estirarse con yoga.
No todo en la vida es tan sorpresivo, pero cuando siento que estoy en un bucle que recicla trancazos, considerar esta estrategia y preguntarme cómo voy a recibir un golpe de emoción la siguiente vez me invita a romper ese ciclo con una respuesta que sea más consciente y menos reactiva.
Tuve un novio que era escolta de seguridad de un alto funcionario bancario y tenía cierta capacitación respecto a estar siempre alertas. Todo el tiempo me decía que a veces era inevitable que te atacaran, que eso no dependía de mi y que por más alerta que saliera a la calle, realmente no tenía nada que ver conmigo así que siempre debía estar “a la defensiva” para, al menos, saber desde dónde llegaría el trancazo.
A veces me acuerdo de eso y trato de prepararme, generalmente me funciona…
Una suerte de “paranoia lúcida” puede ser un recurso muy conveniente cuando cachamos que estamos viviendo una frustración crónica que se recicla.
Estar alerta y anticipar nuestras reacciones automáticas del pasado permite un margen de maniobra mayor a las ejecuciones previas.
¡Gracias por escribir Soledad!