
Llorar y cerrarme.
Ya no quería jugar y balbuceaba algo ininteligible entre sollozos para abandonar el turista mundial.
Eso pasó algunas veces en casa de mi abuela con mis tíos y mis papás. Tenía 5 años, quizá menos.

Llorar y cerrarme.
Ya no quería jugar y balbuceaba algo ininteligible entre sollozos para abandonar el turista mundial.
Eso pasó algunas veces en casa de mi abuela con mis tíos y mis papás. Tenía 5 años, quizá menos.

“Ridículo… ¿Cómo se entretienen con algo tan simple?”
Fue la idea que me surgió cuando de reojo veía a una familia jugando en una mesa vecina con monitos como los de la imagen de arriba…
Candil de la calle, obscuridad de su casa.
En casa del herrero, cuchillo de palo.
Nadie es profeta en su propia tierra.
Hay múltiples dichos que ilustran la incongruencia humana.
Más allá del desencanto que podría causar una postura cínica al respecto, una óptica que me orienta mucho es la versión que un amigo y colega me decía hace unos años:
CUANDO TE LO DIGO A TI, ME LO DIGO A MÍ.


“Autosabotaje”.
De eso trata esta entrada, de lo que normalmente consideramos sabotajes cuando llegamos a cierto nivel de consciencia y nos damos cuenta de que tenemos más responsabilidad de la que creemos y menos control del que nos gustaría.

Es una idea que me vuelve más atento y menos crítico.
Así como es fácil dar o recibir consejos cuando no estoy involucrado en algo, mi sentido común surgirá con facilidad en mi yo futuro.
Hago pausa, me detengo en un lugar cómodo, respiró y me digo en voz alta:
“ESCUCHA TU RUIDO MENTAL”.
Irónico. Hubo silencio.


El uso inconsciente de la tecnología para hacernos sentir miserables, es más frecuente de lo que imaginamos.
Poner a nuestro mundo interno en su lado más obscuro: inseguridad, miedo, envidia… a competir con escaparates digitales editados, es una constante en este automaltrato.
Procuro escribir cada día en la mañana, es muy raro que no lo haga. Algo surge la mayoría de las veces: recuerdos, frustraciones, gratitudes, aprendizajes, alguna rumiación…
Y si llego a quedarme frente a la libreta, con el café sin saber qué poner más allá de número a la página o la fecha del día, me ayuda mucho lo siguiente:

Austin Kleon y su lista de gratitud y de petición, en el libro Keep Going.

Una idea que no deja de sorprenderme consiste en que la mejor manera de aprender es enseñar.
Aún más que hacer, compartir algo, me obliga sin esfuerzo a hacerme consciente de lo que trato de transmitir.
Con esta experiencia me vino a la cabeza este principio básico de escalar:
“Si quieres que te duren las manos, usa las piernas.”
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