
Parte del desarrollo de una relación de dependencia o codependencia con alguien supone un encuentro de sentido en la otra persona.
Tendemos a engancharnos con experiencias que nos brindan algo y sentimos la posibilidad de perder.
Es por eso muy frecuente sentir un apego muy fuerte hacia una persona, porque depositamos identidad, alivio, bienestar, seguridad, enojo, culpa, justificaciones… en ella y tratar de asumir cualquiera de esos significados por nosotros mismos, crearlos, o resolverlos supone un ejercicio de creatividad y responsabilidad que es más fácil compartir o entregar a alguien más que asumirlo.
La dependencia viene de la dificultad para construir una experiencia por uno mismo.
Sentimos que necesitamos de otra persona para algo. Y es probable que nuestro cómplice sienta algo parecido.
Creo que un antídoto contra la dependencia emocional supone construir vivencias que disfrutamos por nosotros mismos sin sentir la necesidad de que alguien más nos apoye en experimentarlas. Esas construcciones son búsquedas personales, no requieren ser aisladas, se pueden compartir, pero sí conviene que se motiven como algo propio que genera placer, curiosidad o bienestar individual en principio.
Desarrollar espacios y hábitos que te definan (o reconocerlos) desde ahora, son una vacuna o medicina, contra la dependencia emocional.







