Siempre habrá un amor tóxico

Siempre habrá un amor tóxico.

El más gráfico es el romántico…

 

Pero hay otros más discretos y agresivos que la más fuerte película de terror amorosa.

 

Tengo una relación tóxica, de codependencia (más mía que de la otra parte), de lucha, de esperanza de cambio, de ilusión, de estar bien cuando acabe o se resuelva… ahorita con un tema legal de una propiedad.

Esta experiencia burocrática y engorrosa me brinda perspectiva de un drama reiterado con diferentes rostros.

 

Ahorita es un pletio legal el que empaña y decolora otras experiencias, pero ha sido enfermedad, relaciones, momentos económicos, los que impactan de similar manera y con los que me engrano lubricado por emoción intensa.

 

Me cacho en la batalla actual, que tengo la maña de agarrar mi cuerpo de trinchera con lesiones, achaques o hipocondrias.

 

Me es más manejable la relación tóxica con mi cuerpo y el ejercicio. Ahí puedo ser súper promiscuo y democrático con multiples actividades y movimientos, puedo irme a bailar o a escalar, o caminar, o practicar estiramientos…

 

De algo amable, me puedo dar pasones y acabar con una cruda que buscará “curarse” con más actividad física compulsiva, para evitar el tema original.

 

Tengo mis evasiones y rendiciones, y también mis redenciones, cuando descubro el “hit” tóxico del momento en las preguntas:

 

¿con qué/quién me estoy peleando?

 

¿A qué/quién le asigno el rol de villano en mi historia, para que yo pueda ser el martir-héroe en mi última actualización biográfíca?

 

¿Es una pareja, o un licenciado, el gobierno, los impuestos, alguna lesión, la inflación, el cáncer, un jefe, un cliente?

 

¿Quién o qué me agravia?

 

¿Quién o qué imagino que me salvará?

 

Con esas preguntas empiezo a descifrar el amor tóxico del momento, que no es en esencia una persona, es cualquier experiencia con la que me obsesiono, a la que idealizo y/o detesto.

 

Parafraseo a un expaciente que tenía una frase que no supero:

 

él decía, “Cada quien sus drogas.”

 

Yo digo: Cada quien sus amores tóxicos.

 

Cada quien sus evasiones, negaciones, argumentos, momentos y tiempos.

 

Siempre habrá un monstruo-enemigo.

 

De niño eran las calificaciones o perder una beca, de adulto se llaman “impuestos” o “diabetes” los malosos en escena.

 

Siempre habrá un príncipe o una damisela, un dragón una bruja.

 

Y anticiparlo y descubrirlo me da algo de paz.

 

Más que hueca resignación, se modula el drama y puedo encontrar serenidad al jugar con esa expectativa de desmantelar el mantra:

 

“voy a estar bien cuando…”

 

Ahí el monstruoso amor tóxico del momento se vuelve un personaje secundario de utilería, sigue presente, pero pierde su esencia.

 

Quizá yo también he sido el tóxico en diferentes novelas. Quizá de muchas ni me he enterado.

 

Ese pensamiento también le quita fuerza a mis monstruos los veo tan humanos como yo, con sus respectivas luchas, deseos e inseguridades y búsquedas.

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