
Llevo un rato con esa pregunta en la cabeza.
Creo que empezó con el recuerdo de un libro de primaria de la SEP de la materia de “Ciencias Naturales”.
Había un dibujo de diferentes deportistas: un futbolista con unas piernotas, una bailarina de ballet con unas pantorrillotas, un gimnasta con brazos de Popeye, una cantante con un pechote.
El dibujo daba a entender que cada actividad física genera desarrollos bien definidos en ciertas zonas del cuerpo que son más explotadas.
La genialidad de ese dibujo, me daba a entender algo inevitable: caras vemos, corazones no sabemos… y cuerpos en costumbres reconocemos.
Nuestra rutina, nuestras relaciones, nuestras decisiones, se reflejan en nuestro movimiento, postura, ritmo.
Habrá músculos concretos o simbólicos que llevo entrenando hasta lesionarlos y dominarlos, habrá otros que tengo frágiles.
Puede que sea genética o crianza, puede que haya sido algo fortuito que definió una carrera de “atleta de alto rendimiento” en alguna experiencia social o profesional que no dimensioné y que sólo me atrapó.
Si me la paso sentado en un escritorio gran parte de mi vida, mi cuerpo reflejará esa carrera “deportiva”, como el codo o el hombro de un tenista profesional.
Me maravilla y asusta, en este sentido, la retroalimentación que brinda el cuerpo en: enfermedad, cambio de medidas, salud, lesiones, alivio, dolor.
Puede que no le haga caso, pero quedará registro. Y sí mantengo esa rutina, quedará cicatriz.
En este contexto, en el que el cuerpo deja rastros tan claros de nuestra biografía despues de años de “entrenamiento” en lo que sea, me intrigó mucho cuestionarme, si un atleta olímpico tendrá algo específico tan desarrollado o una enfermada crónica algo tan dañado, ¿cómo sería un cuerpo amoroso?
Tratando de entender por un cuerpo amoroso, no un sinónimo de vigorexia u ortorexia… sino algo mas amplio, abierto y flexible.
Una pregunta que busque el alivio, la libertad y la satisfacción como rutas.
Creo que un cuerpo amoroso tiene los siguientes atributos:
1. Respira.
Es lo más esencial, sabe respirar o se guía por su respiración acelerada o pausada, por su asfixia en ansiedad, por sus bostezos en relajación.
2. Escucha – confía.
Cuida de no distraerse tanto por los ojos, es consciente de que la vista es una vía que seduce y distrae, y está atento a cultivar el resto de sus sentidos como un antena para integrarlos con la vista en el momento prudente.
3. Se toma su tiempo.
No se acelera, no se estresa, observa el sentimiento de urgencia sin reaccionar a él, aprende a moverse cuando algo lo paraliza, con delicadeza y suavidad.
4. Ora-Pide-Pregunta.
Es humilde y sabe reconocer sus límites, lesiones o errores, y trata de que en esos momentos quede una referencia para abrirse más alla de argumentos o vanidades.
5. Es amable e “imperfecto”.
Evita el “todo o nada.” Explora matices, si procrastina reconoce que en movimiento lento y delicado construirá inercia.
6. Reconoce, reconcilia, observa sus: fluctuaciones, cambios, contradicciones.
Ve en las estaciones del año, en el día y la noche, en la historia y en la economía un trazo que lo refleja. Se deja asombrar por sus cambios según su momento de vida, posición, sentir, para hallar síntesis en la contradicción de sus emociones y opiniones.
7. Se mueve con intención.
Si se mueve, procura que no sea la ansiedad o el miedo el motivo principal, para evitar remordimientos. Busca movimientos limpios, curiosos, decididos, administrados, puede que hasta elegantes.
8. Reposa con serenidad.
Sabe disfrutar de la quietud, el aburrimiento, el silencio, la obscuridad para restaurarse sin sentir que se desperdicia o pierde oportunidades.
9. Se nutre y saborea.
Cacha cuando come, compra, entrena para evadir o por ansiedad y es cuidadoso con apreciar sus umbrales, saciedades y antojos con cariño, sin represión, pero tampoco compulsión.
10. Invita y se comparte.
Sabe abrazarse en su soledad, sabe abrirse a la conexión con el otro. Sabe cuidarse y abastecerse en su mismidad, sabe nutrirse y nutrir a otros.
11. Juega, dialoga, curiosea.
Como el punto anterior, hay intercambio cuando sale de sí.
Sabe interdepender. Es atento a la reciprocidad.
Es cuidadoso con tratarse bien y con tratar a lo que lo rodea como él necesita y quiere ser tratado.
12. Es honesto, auténtico, vulnerable, puro.
Escucha su dolor y su deseo más genuino, procura trascender la ansiedad, la ambigüedad y la incertidumbre.
Se esmera en observar sus nervios, sus peculiaridades. “¿Qué es lo que en realidad quiero?”
“¿Qué es lo que en realidad me duele?”
Es cuidadoso con no dejarse llevar con generalidades, convenciones o “deber ser”. No pelea con expectativas sociales o culturales, pero tampoco las toma como principal referencia.
13. Expresa, busca su voz, comunica, dialoga.
Aprecia sus gustos y destrezas, no los da por supuestos. Reconoce su fragilidad, sus lados flacos, no para justificarse, sí para orientarse y responsabilizarse.
Busca su contribución gozosa, desarrolla una responsabilidad que sea gratificante y lo distinga.
14. ¿Cómo es tu cuerpo amoroso? ¿Cómo es mi cuerpo amoroso?
Las letras y el papel me ponen la piel chinita…
La vida de escritores o deportistas me genera curiosidad, inspiración, envidia.
Mi cuerpo amoroso, lúcido y juguetón se pierde y encuentra en libretas y libros, en lectura y escritura, en sentir experiencias físicas que involucren mucha motricidad gruesa, como preludio para la motricidad fina…
Hay cambios e intereses que fluctuán, pero el párrafo anterior describe mas o menos cuando surge mi expresión mas genuina, mas satisfactoriay libre.
¿Cómo se manifiesta tu cuerpo amoroso?