“Invitarte, en lugar de prohibirte”, me digo.
“Invítate, en lugar de prohíbete”. Me repito.
Si me sugiero con una invitación, siembro una posibilidad amable que puede germinar con una inercia que me sorprenda.
Si me prohibo, me termino por obsesionar con eso que trato de evitar.
Hace unas semanas vi una película que me fascinó.
La Vida de Chuck.
Esta película me invito a bailar.
Mis videos me invitan.
En las fotos me achico, me cohibo, pero en los videos, me brota una vanidad lúdica y curiosa.
Mi maestra de baile me mandó un video bailando. El video, igual que la película, me invitó a bailar.

Las neuronas espejo, imitan, invitan. Esas meras que hacen que bostece cuando veo a alguien bostezar, esas que hace unos días cuando vi a unos amigos en un jardín, a ella con una copa de vino, a él con un vaso de cerveza, me antojaron-invitaron sin palabras a sentarme con ellos con una cerveza de limón qué nunca había probado.
Se antoja lo que no se impone.
Leí no convenzas, no argumentes, engatusa…
Y no lo pienses hacia afuera, sino hacia ti, no te obligues o condiciones, no te amenaces…
te escaparás de ti mismo con un atracón de algo, con un autosabotaje, cuando tu parte adulta e imperativa se descuide…
Y luego vendrá el remordimiento…
Igual que el adolescente que reventó el coche o el niño reportado de la escuela, no te atreverás a mirarte al espejo.
Pero si te engatusas de manera juguetona, los cambios se integrarán por experiencia concreta y convicción, no por un discurso hueco del “deber ser” o el “tener que”.
Invítate, engatúsate, sedúcete…
En lugar de arrearte, de obligarte, de chantajearte con argumentos lógicos pero huecos que sólo acentuarán tus resistencias, obsesiones, vergüenzas y culpas.
Invítate, engatúsate, sedúcete.