“Fluye”,
“suelta”,
“confía”.
Son intenciones que me parecen liberadoras, pero si me obligo a experimentarlas, generan lo opuesto:
Me pongo a analizar de más, me pasmo o hago movimientos torpes.

Por el contrario, me encuentro con que si “juego” a explorar algo que siento que me favorece pero que no me es natural en este momento, incremento las posibilidades de hacerlo y disfrutarlo.
“Jugar”, a nivel práctico, para mí supone la libertad de dejar la actividad que estoy a punto de emprender en el momento que quiera.
No ponerme un límite, ni un objetivo ambicioso, me hace más fácil zambullirme en la experiencia.
“Es un juego, prueba un poco.
Tantito.
En el momento que quieras, te paras.”
Si estoy ansioso, para leer, meditar o hacer ejercicio me quita mucha carga esta idea de jugar y soltar si me aceleró más.
En lugar de tratar de ser perfecto, hacer poquito me da inercia, y se incrementan así, las posibilidades de hallar paz en la experiencia que creo que me conviene, pero que no es fácil emprender si ando inquieto.
Jugar y darme permiso desde un inicio de botar, me da soltura para entregarme a lo que quiero ejecutar, pero no me es tan fácil de entrada.
Pruébalo con algo que te apetezca hacer, pero que al mismo tiempo no logres empezar.