¿De qué puedo prescindir hoy?

Es una pregunta que se me ocurrió durante un curso.

Me sorprendió, después de escribirla en una pared de mi casa y leerla con frecuencia, darme cuenta que me generaba una vida ligera con más tiempo, energía y  dinero.

Empezaba a preguntarme qué podía dejar de comprar, me respondía que un paquete de chicles o una botella de agua de sabor.

Algo minúsculo en lo concreto que no beneficiaba mi economía, pero notar que no me afectaba tampoco mi felicidad, me permitió explorar otras cosas más significativas como postergar la compra de algo que sentía que necesitaba.

La misma pregunta aplicaba, no sólo a compras, sino a comer o beber, a compromisos, a hacer ejercicio, a ver series o películas. De adueñarme de poquitos minutos, pesos o estresores, se daban círculos virtuosos que generaban cambios significativos sin esfuerzo…

Si dejaba de ver un película, me dormía más temprano y me levantaba con más ánimo, si tomaba un café más chico, dejaba de comer una galleta y disminuía la compulsión de hacer ejercicio en exceso, eliminaba así alguna lesión potencial, que terminaba por llevarme a rehabilitación un mes…

Más recursos con menos trabajo…

El único reto que empezó a presentarse fue aprender a sobrellevar vacíos en la agenda, y en mis emociones, pues es natural que si uno deja de trabajar, comprar, comer, salir más de lo que necesita o desea en realidad y no como evasión, surjan pensamientos y sentimientos poco agradables,  ni siquiera agresivos, como el aburrimiento.

Aburrirme con consciencia, caminar sin celular o cartera, comer con otros sin tecnología, no es lo más fácil o cómodo al principio, pero sí nutre la percepción de abundancia…

De dinero, de tiempo, de atención, de memoria, de energía.

El precio es aprender a reconocer el vacío, el silencio, el tedio, la aversión a la sensación de pérdida (que va a suceder aunque no perdamos algo definido), temas personales pendientes, en una época en la que lo predeterminado es el “más” de lo que sea: más memoria, opciones, velocidad, beneficios ambiguos…

Cuando me siento mas abrumado, acelerado y perseguido por mis expectativas, me gana el impulso de que “necesito” hacer algo más, nuevo y diferente…

Eso sólo me agobia y me fatiga aún más. Va a llegar un punto en el que me exaspere, ahí vendrá un ciclo de frescura y restauración a partir de las preguntas:

¿Qué puedo dejar de hacer? ¿Qué puedo soltar? ¿Qué proyecto puedo abandonar? ¿Dónde puedo fallar? ¿A qué expectativa puedo renunciar? ¿Qué puedo dejar de juzgar?

No necesito vivirlo, probarlo, experimentarlo todo, ni siquiera lo deseo, pero es difícil hacerme consciente de esto si no hago una pausa para cuestionar la imposición de una productividad superficial y compulsiva que me amenaza con que me arrepentiré en mi lecho de muerte por lo que no hice.

Pensar: “¿De qué puedo prescindir hoy?” Es una estrategia que ayuda a quitarme carga en un contexto en el que es fácil caer en una voracidad desenfrenada que sólo me hace más temeroso de perder y que nunca me deja satisfecho por completo.

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