Creo que uno de los tiranos más sutiles de nuestra paz es la urgencia/necesidad de “aprovechar”.
Es prima-hermana de la urgencia/necesidad de “ser productivo”.
Aún cuando la intención de ambas ideas es la realización personal y la plenitud, si se adoptan como reglamentos superficiales, son fórmulas garantizadas para la insatisfacción.

Se corre el riesgo entonces, de que entre más tratemos de “aprovechar”: el tiempo, el dinero, una membresía, una oferta…
Más estrés vivamos, medio alcancemos una fugaz sensación de logroy volvamos a caer en la compulsión de aprovechar.
Creo, también, que el detonador principal de esta “obligación” por aprovechar, viene del miedo a la escasez.
Del terror que podemos sentir a perder algo.
Ya había escrito aquí, que muchas veces no es la pérdida en sí la que me duele, sino el ensayo mental de cómo me sentiré si pierdo algo, desde una relación significativa, hasta una promoción.
Es triste que no necesitamos perder algo en la realidad para sufrir un infierno en nuestra cabeza de lo vulnerables que quedaremos en el momento en el que se concrete ese despojo que a lo mejor ni sucede.
De ahí creo que se origina esa inercia por “aprovechar”.
Cuando se vuelve un impulso frenético,surgirá voracidad si lo seguimos, y remordimiento si no lo hacemos.
¿Cuál considero la estrategia más eficiente para sentir paz?
Primero: reconocer esa urgencia por aprovechar, no reprimirla, pues vivimos en un entorno que estimula la necesidad de aprovechar todo al máximo, mientras nos amenaza con lo mal que nos sentiremos si perdemos una oportunidad.
Segundo: observarla, en lugar de actuarla, reconciliarnos con esa comezón y aprender a quedarnos quietos.
Por mi experiencia, creo que ahí comienza un entrenamiento funcional en sentir paz en múltiples escenarios, ya que nos brinda espacio y claridad para reconocer lo que es de verdad importante para nuestra singularidad.
Ahí es fácil saber decir no a algo / alguien, y saborear muchísimo las experiencias que decidimos asumir, con más enfoque, tiempo y profunidad que si picoteamos una mayoría de estímulos mientras pensamos en correr a la experiencia que sigue, perseguidos por el temor a perder algo.
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