No quiero perderlo, no quiero perderla

“No quiero perderla”, “no quiero perderlo”.

Eso pienso, eso siento, eso escucho, eso vivo.

El viernes desayunaba con una amiga y le comentaba de mis miedos y deseos en una relación de pareja.

 

Ella me preguntó cuál consideraba que era el mayor obstáculo en una relación de pareja.

 

Le contesté:

-El miedo a la pérdida.

-Ése no es un tema de pareja… Ése es un tema tuyo.

Me quedé pensando… Es muy buena psicóloga mi amiga.

 

Miedo a la pérdida:

Me da cierta paz saber que no estoy sólo en este tema. Me fascina la economía conductual  y hay un principio que me aclara muchas cosas respecto a la pérdida:

SOMOS EL DOBLE DE SENSIBLES A PERDER $100 DÓLARES, QUE A GANARLOS.

Es decir, si pierdo $1000 pesos, tendría que ganar $2000 para reparar la pérdida, y en ocasiones hay pérdidas que son imposibles de tramitar y dejarán cicatrices.

Ahora, el dinero tiene la ventaja de poderse ver…

Pero es más complicado arriesgar y resolver  ganancias o perdidas de experiencias que no se ven, pero se viven, como el amor, el reconocimiento,  la confianza, el respeto, la ilusión…

Confieso que soy muy miedoso para establecer vínculos profundos de pareja, primero está  el miedo al rechazo…

Y siempre está presente el miedo a perder a alguien con quien me involucro.

Entonces me encuentro con discursos y pensamientos similares en el consultorio.

Con relación al miedo a perder a alguien que me gusta o con quien me encariño existe una idea que me aligera.

En apariencia es absurda esa idea, es cruda, hasta agresiva.

Pero me da paz.

La idea que me ayuda es:

YA LA PERDÍ 

Esa idea me alivia por varios motivos:

1.  Me hace consciente que lo que me afecta no es la pérdida, sino la fantasía de perder a la persona amada.

Ensayar en mi  cabeza escenarios de traición y abandono, hiperanalizar conductas, buscar respuestas que no existen, buscar evidencias para definirme que esta vez es diferente la situación… es un infierno.

La pérdida es tajante, clara, un cuchillo que cercena. SENTIR QUE PIERDO a alguien es agarrar un cuchillo de mantequilla y hurgar en la carne para maltratar de manera sádica, prolongada e indefinida, piel, nervios y tuétano sin mutilar por completo.

Por eso si siento que perdí, me evitó el desgaste de imaginar que perderé, cómo perderé,  cuándo perderé y cuánto dolerá la pérdida, además de proyectar lo traumática que será y como jamás la superaré.

2. Si siento que ya perdí  a la persona de quien estoy enamorado y paso un rato con esa persona, seguir con esa idea de que la perdí,  me hace mucho más consciente y presente.

Disfrutamos de las cosas que son escasas, el tiempo, golosinas, vacaciones, series, libros, encuentros, porque sabemos que tienen un final.

Lo que damos por sentado o pensamos que falta mucho para que termine nos da hueva, se vuelve gris, monótono, aburrido. No valoramos algo si sentimos que es para siempre pues nos habituamos.

Por eso si siento que perderé una experiencia, mi atención se obliga a enfocarse, no saco el celular, no me pongo a pensar en lo que podría estar haciendo; esta experiencia se me va a acabar. Me obligo a valorar algo que voy a echar de menos.

3. Si siento que ya perdí a alguien, cualquier cosa que suceda es un bono.

Un minuto extra o una vida extra, la disfrutaré más con la idea de que ya se acabó. Esto es una segunda oportunidad, ya perdí.

4. Si asumo que ya perdí a alguien, soy más arriesgado y vivo más intensamente.

Cuando alguien me gusta me vuelvo torpe y titubeante; tiemblo, tartamudeo. Un pensamiento que me ayuda es decirme: “espántala”. Esa idea me quita presión,  me evita la obligación interna de que debería ser seguro de mí mismo e inmune al sentimiento de rechazo.

Ya la perdí,  ya la regué, y en mi cabeza todavía estoy buscando el movimiento perfecto para seducir… ¡a la fregada! ¡Mejor espántala!

Es irónico, menos la espanto y más cómodo me siento.

 

5. Aclararme que ya la perdí me da prueba de realidad.

Ya la perdí. Pase lo que pase, haga lo que haga, ya la perdí.

Lo bonito de esta idea es que separa conceptos:

PÉRDIDA NO ES SINÓNIMO DE DOLOR, ANGUSTIA, VACÍO O DESESPERACIÓN.

Esto es fundamental aclararlo. Le tememos al dolor, no a la pérdida. Evitamos la pérdida porque pensamos que es lo mismo que el dolor. Esa confusión de ideas sólo complica nuestra vida.

Si yo me enamoro de alguien, y doy por supuesto que la perderé quiero decir lo siguiente:

a lo mejor la pierdo hoy, mañana,  en un año… incluso a lo mejor la pierdo y me pierdo con ella dormiditos tomados de la mano a los 90 años de un infarto y sin darnos cuenta después de una vida padrísima compartida. Pero la única certeza es que la voy a perder. Eso es seguro.

Repito: haga lo que haga y pase lo que pase, la voy a perder. Me resigno a esta realidad en lugar de adoptar una postura infantil que espera un infinito perfecto y dulce que es irreal. Eso aligera. Dejo de pelar una batalla que no ganaré.

 

Esa idea me ayuda a sentirme mejor cuando tengo miedo de perder a alguien que me encanta y siento celos y me invento películas en mi cabeza en las que sin ella seré un miserable despojo que jamás volverá a ser feliz, esa idea:

YA LA PERDÍ 

Esa idea no es una intención fatalista, es una herramienta para hacerme presente y agradecido con alguien que es valiosa para mí.

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6 thoughts on “No quiero perderlo, no quiero perderla”

  1. La pérdida de una pareja o de alguien de quien te enamoras pero nunca fueron nada, duele demasiado, yo diría que toda la vida, pues el amor sincero que damos siempre se queda en nuestro corazón y la viva imagen de quien amamos o hayamos amado ( algo así como un amor imposible), pero mi experiencia me enseñó que valorar no sólo el amor que damos sino el AMOR QUE NOS DAN nuestros seres queridos, es lo que nos ayuda a superar cualquier herida de amor que hayamos experimentado. Por eso es importante NO sólo pensar en lo que das, SINO en RECIBIR .

    1. El amor es energía.

      A veces no encuentra reciprocidad de una experiencia concreta, pero no se pierde.

      Y como también mencionas, se enfatiza en dar, pero no nos enseñan a cultivar el arte de recibir las cosas buenas que nos da la vida.

      ¡Gracias por compartir Margarita!

  2. DOC!
    Entender que nada es eterno me hace muy vulnerable a la incertidumbre de “vivir” lo que me pasa, no puedo manejarla, por eso generalmente me imagino los peores escenarios, en general, de todo lo tangible que hay en mi vida (empleo, por ejemplo) pero, imaginarme perder a alguien que amo… pfff, me puede llevar a un estado de pánico inimaginable.
    Ahora que entiendo que, incluso esos seres que adoro y amo sin límite, también estarán conmigo por un tiempo definido, evitar pensarlo es una falacia pero, hacer consciente el sentimiento que puedo llegar a tener cuando ya no estén a mi lado, hace que valore y que trate de aprovechar cada instante… Puede ser todo un fin de semana o bien las tardes que invierto jugando con ellas o una simple llamada por teléfono para saber qué hizo durante el día…
    Pensar que puedo “perder” algo o a alguien significa, primero, saber que es mío… y eso ya me da cierta felicidad.
    Gracias por la entrada, DOC!

    1. ¡Gracias por compartir Soledad!

      Darnos cuenta de que una experiencia tiene caducidad nos permite asumirla con una consciencia diferente.

      Creo que hablar de muerte, enfermedad, deterioro, pérdida con alguien que es importante para nosotros puede resultar todo un reto…

      Pero lograr compartir nuestro mundo interno repleto de esos temas con la persona que nos aterra perder, es una invitación a conectarnos más profundamente para amortiguar a esos fantasmas que nos devoran y poder expresar lo valiosa que es esa persona para nosotros.

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