“No hay un mal entrenamiento”.
Es una idea recurrente que ya he mencionado antes y que me ayuda a moverme cuando no ando al 100, cuando me lesiono, cuando pierdo dinero, cuando suelto hábitos que me enriquecen.
“No hay un mal entrenamiento”, se refiere a que una vuelta a la calle, 1 peso ahorrado, un acercamiento torpe en un momento de silencio resentido… son ejecuciones que para mi parte lógica no tienen sentido, pero que a la parte emocional le brindan 2 beneficios:
1) identidad, a partir de una acción concreta, y:
2) inercia, para dar continuidad a algo que se mermó o arranque a algo que parece abrumador.
Hace unas semanas me encontré con un agregado a la idea de que no hay mal entrenamiento…
En realidad siempre hay un entrenamiento, sólo que no vemos hacia dónde se orienta la inercia. Si compro, dejo de ahorrar; si soy indiferente, dejo de ser empático. Siempre hay un hábito que se cultiva con acción u omisión.

Me resulta muy práctico desapegarme de un hábito perfecto en momentos en los que las condiciones para hacer algo que necesito o me gusta no me parecen óptimas.
Quizá estoy limitado física o económicamente, pero algo cultivo sin quererlo (negatividad, victimitis, paranoia), y algo podré cultivar con intención: tolerancia a la frustración, consciencia, creatividad, observación, curiosidad…
Entrenamos aspectos ñengos de nuestra vida cuando hay crisis. Si no podemos mover un brazo, seremos más atentos con el resto de nuestras extremidades, y éstas se curtirán, tal como pasa con alguien que pierde un sentido y enfoca todo lo demás con mucha disposición.
Cuando sentimos que perdimos un recurso que nos costó mucho conseguir, es natural experimentar dolor y vacío, pero ahí donde hay incomodidad algo se desentume y comienza a ejercitarse.
No es posible apreciarlo en ese momento porque nuestra parte racional estará ofuscada por emoción. Pero algo germina y va a retoñar e integrarse con lo que sentimos que perdimos.
Hay un bono que no decidimos en estas circunstancias, así como entrenamos músculos simbólicos empolvados, también restauramos sectores quemados de nuestras vida que necesitan pausa que quizá hemos ocupado para cubrir funciones que no les corresponden.
Nuestros calendarios tienen valles y cimas. Y mucho de lo que vemos en nuestros “mejores” momentos, son consecuencias de lo que cultivamos en baches biográficos.
En esas profundidades entrenamos, sin planearlo, herramientas que necesitan pulirse y restauramos elementos que hemos consumido.
Copyright secured by Digiprove © 2022 Arturo Hernández
HERMOSO, increíblemente.
Totalmente cierto.
Al final nunca es tarde para volver a comenzar algo que dejo de tener constancia.
Aqui lo lo importante es cuando la constancia deja de estar presente la disciplina toma su lugar.
Incluso cuando parece que se perdió la constancia, y la disciplina es escurridiza, todo lo que experimentamos deja remanentes.
Nada se desperdicia.
¡Gracias por comentar Montse!