La paradoja de la aceptación

Encontré esa idea en el libro: Lo que me gusta de mí  de David R. Hamilton.

Lo que me gusta de mí: aceptar.

Yo lo defino como: “rendirse”.

Cuando algo me rebasa y haga lo que haga me frustro, me doy chance de rendirme.

Si siento angustia por una situación incierta, o miedo de que algo desagradable me pueda suceder y entre más trato de ser optimista, más inseguridad siento, me rindo.

 

De un tiempo para acá, ya no tengo que sentir algo tan caótico para rendirme.

¿Cómo me rindo?

Pongo el celular en silencio y volteado, después de dejar el temporizador en cuenta regresiva de 15 minutos.

Me siento en un lugar en el que este solo. Cierro mis ojos y respiro. Así me quedo hasta que vibra el teléfono.

Me dejo sentir la culpa, la angustia, la tristeza, las fantasías paranoides…

Incluso lo estimulo.

En lugar de no quererme sentir culpable, cuando empiezo a sentir que se filtra algún sentimiento de inadecuación, me obligo, así, con los ojos cerrados, sin moverme, con la menor estimulación posible, a experimentar la vergüenza, la inseguridad. Lo que sea que trato de evadir en un principio.

Es ilógico. Pero a mí me funciona.

Lo que no me sirve es  tratar de argumentar conmigo mismo con razones para no sentirme mala persona. Termino por sentirme culpable o avergonzado y frustrado de mis esfuerzos por no sentirme así.

El libro de la foto habla del sentimiento de vergüenza, y con esa emoción acuña “la paradoja de la aceptación”.

Consiste en que cuando nos resignamos a algo, disminuye la presión, dejamos de desperdiciar energía en un conflicto siempre nos somete, ahí comienza a resolverse la emoción que nos abruma.

Aceptar una emoción, abrazarla, reconocerla como algo valioso, la domestica. Peléate con una emoción y  puede que ganes, pero sí esa emoción ya lleva un rato y sientes que no puedes con ella, la rendición es la mejor alternativa. Vas a trascenderla.

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