Dejar de hacer

Una estrategia muy efectiva en momentos abrumadores supone el desapego de acción concreta.

No es fácil considerarla, porque estamos condicionados a la tendencia opuesta: hacer.

Es más natural pensar en términos de hacer algo o en derivados de esta inercia como son: agregar, resolver, comprar, optimizar…

No es “malo” hacer, pero hay un par de sesgos que la acción compulsiva deja abiertos:

1. Muchos de nuestros problemas vienen más de hacer en exceso, que por desapegos:

consumimos, nos endeudamos y entonces nos vemos obligados a sobretrabajar para pagar intereses; comemos en exceso, luego sentimos culpa y obligación de quemar calorías; empezamos relaciones para distraernos de nuestros sentimientos y pensamientos, para concluir con emociones y análisis más complejos.

2. Cuando algo nos rebasa buscamos resolver, en lugar de bajar ritmo y dejar de contribuir a esa marea que ya nos ahoga. No nos damos cuenta que “hacer algo” se volvió la esencia del patrón que transitamos cuando algo nos duele.

Hace muchos años leí este diálogo de una situación angustiosa:

“¿Qué  podemos hacer?”

“Lo más difícil: esperar.”

Ahora esas palabras me resultan muy gráficas.

Es “difícil” dejar de hacer con consciencia y es diferente a dejar de hacer por evasión, dinámica en la que caemos cuando hacemos un trueque de actividades para evadir algo que es importante, pero desagradable y engañarnos con la ilusión de “estar ocupados”.

Es difícil dejar de hacer en un sentido emocional, porque hacer pausa supone encarar nuestro mundo interno.

“Hacer algo”, nos desenfoca de la catarata de elementos viscerales que surgen en automático.

Entre más hacemos, menos nos capacitamos para sentir alivio o claridad al aprender a vivir nuestras revoluciones clandestinas.

Cuando algo nos obliga a hacer pausa sucede como si trataramos de frenar un tren que viene encarrerado, surge confusión, insomnio, angustia…

Pero si aprendemos a dejar de hacer para quedarnos con nuestro discurso interno, estaremos invirtiendo en: mejor sueño,  menos estrés, más claridad, mayor capacidad para disfrutar y saber qué hacer cuando corresponda movernos, sin buscar opiniones que nos agreguen ruido más que orientación.

Si hay algo que te abruma y sientes que por más que haces picas piedra y te desgastas, considera dejar de hacer, para empezar a sentir. Tendrás una perspectiva diferente.

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5 comentarios en “Dejar de hacer”

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