La decisión más básica.

Con contingencia y la economía incierta, hay momentos en los que mi cabeza se empieza a mal viajar.

En este panorama, una manera de estructurar mis pensamientos y emociones viene con una pregunta en las mañanas:

“¿Decido ser feliz o infeliz?”

Sólo hoy, no toda la semana, no todo el mes, mucho menos una vida.

Empezar el día por preguntarme hacia donde quiero inclinarme me ayuda a sentir más control.

Puede parecer que nadie en su juicio decidirá conscientemente ser infeliz. Lo triste es que decidimos amargarnos de manera automática con facilidad, e incluso justificamos y buscamos evidencias para explicar porqué nos sentimos mal cuando nos hallamos en un bajón emocional.

En este escenario, es práctico preguntarse si tendremos una intención hacia la felicidad o hacia la infelicidad.

Incluso si decido ser infeliz, por absurdo que parezca a nivel superficial este movimiento, no me sentiré tan impotente.

Esa decisión será un ejercicio de libertad, más que asumirnos víctimas, además podremos estar tristes o amargados, y no será “malo” no decidir ser feliz, será un ejercicio para explorar el amplio espectro de emociones que nos brinda nuestra humanidad y podrémos tener, así, elementos de contraste que harán nuestros días felices más dulces.

Es paradójico que si queremos ser infelices propositivamente, no nos saldrá; las emociones son espontáneas, forzarlas, las bloquea.

En ese sentido resulta frustrante que cuando tratamos de obligarnos a sentirnos bien en un momento de poca  disposición, terminamos por sentir mayor malestar, agregándole impotencia.

Por eso cada mañana, veo que tan dispuesto o indispuesto me encuentro para hacer algo, y cuestionarme después si decido ser feliz o infeliz, me ayuda a moverme con más consciencia e intención.

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