Si yo fuera mi paciente, ¿qué me diría?

Si yo fuera mi paciente, ¿qué me diría? 

Es una frase que me ayuda a orientarme en momentos en los que dudo, tengo miedo o me juzgo.

Cuando paso por un momento en el que me gana mi humanidad y me da por ser severo conmigo…

… la idea del primer renglón me pone freno de mano.

En general, trato de ser delicado con los pacientes, la mayoría de las veces creo que soy empático y considero que quien llega al consultorio trae un repertorio de juicios sobre sí mism@ bastante pesado.

Así que si me dedico a juzgar y opinar de manera superficial, sólo retraumatizaré esa parte de devaluación interna que todos traemos.

Parte de un proceso de terapia, implica brindarle al paciente un espectro más neutral de cómo se conduce por la vida, una visión que celebre sus logros y vea sus fracasos como señales potenciales de evolución.

Considerando lo anterior, a veces me ruborizo cuando me percato que me maltrató con pensamientos o críticas respecto a decisiones que tomo.

Me chiveo porque me cacho contradictorio:

¿cómo es posible que trate con cuidado a un paciente que sufre porque se castiga en su interior…

…y que yo mismo sea tan cruel conmigo?

Ahí me rescata el pensamiento de, “si yo fuera mi paciente, ¿qué me diría?”

 

Ese pensamiento me ayuda a distanciarme de mí. Sobre todo, me ayuda a alejarme de mi parte sádica y juzgona a la que nunca voy a complacer con sus demandas irreales de perfeccionismo, hubieras y “deberías”.

 

A lo mejor tú no eres terapeuta (y si lo eres, tienes un poquito de ventaja para acoplar esta frase en tu cotidianeidad), pero sí puede sacar provecho de esta actitud.

Se llama: “LA REGLA DE ORO INVERTIDA“:

Si la regla de oro convencional, reza:

“Trata a los demás como quieras que te traten”.

La regla de oro invertida expresa:

Trátate como tratarías a alguien que quieres y te pidiera ayuda“.

 

El viernes un amigo me decía:

“No sé cómo aceptar elogios. No tengo problema  para defenderme si alguien me ataca, pero aceptar elogios, no puedo.”

Es trágico que sea más fácil decir:

“Me gustas”.

“Te quiero”.

“Te amo”.

Incluso a  veces…

“Te perdono.”

Y que nos resulte inimaginable decirnos:

“ME GUSTO”.

“ME QUIERO”.

“ME AMO”.

“ME PERDONO”.

Para comenzar a resolver esta tragedia, tengo presente lo que hace un par de semanas compartía con un paciente: el sentimiento de ridículo que tenía que tramitar para decirme a mí mismo: “Te quiero Arturo”.

Le contaba esta costumbre reciente que adquirí, después de que este paciente tuvo el coraje y la confianza de compartirme que estando lejos de su casa y de su gente, él se daba abrazos.

Lo que sí me queda claro, es que si me arriesgo a abrazarme, y a decirme que me gusto y que me quiero, aún con un bombardeo de ideas acerca de mi arrogancia o ridiculez…

… también me hallo menos urgido de que alguien me diga que me quiere, que me ama, me necesita o soy su prioridad.

Así que un entrenamiento muy duro, muy difícil, pero muy funcional para hacer músculo de autoestima y disfrutar del reconocimiento externo sin depender de él, es:

1. Repite múltiples veces que te quieres.

2. Perdónate cuando metas la pata.

3.  Every day, once a day, give yourself a present. (Cada día, una vez al día, bríndate un regalo).

4. Cuando empieces a juzgarte y maltratarte: aplica la regla de oro invertida…

 

¿O acaso tratarías a alguien que amas profundamente y viene vulnerable a ti como tú te juzgas cuando sientes que debiste hacer algo diferente?

Si yo lo hiciera, me quedo sin pacientes, sino es que termino en la cárcel por mala praxis.

Quiérete, gústate, perdónate.

Si tú no eres capaz de hacerlo, ¿por qué sientes que alguien más debería tener estas atenciones hacia ti?

 

 

 

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2 thoughts on “Si yo fuera mi paciente, ¿qué me diría?”

  1. Muy cierto, Doc…
    A veces soy mucho más benévola con la gente que llega a mi pidiendo apoyo/ayuda y cuando me toca a mi misma darme “ánimos” soy la más dura del mundo… me juzgo, me regaño, me reprocho, me castigo por el simple hecho de saberme vulnerable ante las adversidades que se me presentan.
    Debo admitir que ahora lo hago un poco menos pero, en general suelo ser la más dura del mundo conmigo misma, eso me llevó a estados depresivos tan profundos que… bueno, me sentía fatal.
    Debemos aprender a querernos para saber cómo queremos que nos quieran… sonará escatológico pero es como masturbarse…
    Darnos amor nos da la ventaja de saber cómo nos gusta que nos amen y, aunque suena demasiado cursi para mi, nos permite con mayor facilidad dar amor a los demás pues nos pone un poco “en ventaja” ante la gente que necesita (ayuda).
    Gracias por la entrada, DOC!!!

    1. ¡Gracias por compartir Soledad!

      Es irónico que “el otro” sea una oportunidad para conocernos.

      El otro nos define, nos contrasta,nos da contorno.

      Es un punto de referencia para compartir, pero también para conocernos, para aclarar quién soy, qué me gusta…

      Y en el caso de este post, para establecer cómo me conduzco con mi propia mismidad.

      No hay nada de escatológico en la referencia a la masturbación. Creo que confirma la idea de que nos resulta más incómodo aludir a lo propio que a lo que se busca compartir.

      En este caso en términos de placer.

      Tanto el placer, como el amor, como el respeto y la confianza…

      nos resultan más fáciles de asimilar con relación a alguie más que con relación a uno mismo, para de ahí compartir con otro u otros: todos los elemntos mencionados.

      ¡un abrazo!

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