El miedo es una de las emociones más frecuentes en mis decisiones. El miedo a la pérdida, el miedo a elegir mal, el miedo al rechazo, el miedo al fracaso…

A este respecto, hace unos meses leía en la biografía de un tenista la frustración de tener miedo en la mayoría de sus juegos, aún cuando ganaba. Le sorprendió al preguntarle a un amigo suyo cuándo dejaría de sentir miedo, que su conocido le respondiera que esperaba que nunca, pues dejaría de ser él y su juego perdería sus características.
Creo que esa es la postura que asumimos frente a emociones que no nos gustan. Nuestra lógica las rechaza (y de esta manera las amplifica), pero hay 2 motivos por los que no las trascendemos: identidad y familiaridad.
Nuestra razón se ilusiona con una existencia sin preocupación, sin dolor, sin angustia, sin estrés, sin angustia, sin coraje, sin duda… en esencia: sin miedo.
Sin embargo, el miedo y sus derivados han coexistido durante tanto tiempo en nuestro interior, que aún con la buena voluntad de nuestra lógica por soltar la incomodidad de ciertas emociones, no es práctico remover de la noche a la mañana algo que no nos gusta de nosotros.
Porque ese “algo” que es el miedo nos da identidad, nos permite saber quiénes somos y cómo nos relacionamos con nuestro entorno (sobre todo cuando no queremos algo, estamos afianzando nuestra identidad).
Además, porque es algo que nos resulta tan familiar no soltamos el miedo. Lo que nos enseñaron y lo que experimentamos, lo reciclamos porque nos ha demostrado que podemos sobrevivir con esas experiencias (aunque no nos gusten).
De ahí viene el miedo a dejar de sentir miedo, de que se filtren ideas como si dejamos de tener miedo, dejaremos de darle seriedad a nuestra salud, economía, trabajo, relaciones…
Creo que resulta pacífico integrar al miedo en lugar de pelear con él. Vivirlo, en lugar de rechazarlo. Primero, porque esta resignación te permitirá tener más energía al dejar una lucha que no ha funcionado. Segundo, porque ahí estará la clave para dejar de sentirlo.
Rendirse al miedo y explorarlo como se haría con una experiencia neutral, sólo sentirlo, escribirlo, meditarlo, incluso platicar con él como si fuera un interlocutor y estar atentos a qué tiene que decir, como alternativas en lugar de actuarlo o tratar de no sentirlo con distracciones.
De entregarse al miedo, es posible empezar a curiosear un minuto sin miedo,
¿cómo sería no preocuparme, ni estresarme, ni sufrir por un minuto aún cuando todo es diferente a mis expectativas lógicas?
Sólo un minuto, ni siquiera es el aforismo de AA, de “Sólo por hoy”.
No es un día, es un minuto de aceptar la inconformidad y aún así, inconforme hacer un ensayo de confiar en que está bien estar así.
Sólo un minuto…
Algo ridículo, porque de un minuto sin miedo estarás en posición de construir la inercia para una hora sin estrés, y de ahí 2 horas que se volverán exponenciales.
Aceptar el miedo y sus fantasías por 1 minuto sin desear un cambio, es un entrenamiento en alterar tu perspectiva y asumir la realidad desde otro ángulo, que no es conocido, pero posibilita un resultado diferente al de la lucha por dejar de sentir.
De un minuto sin miedo (al aceptarlo), es posible empezar a esbozar una vida sin miedo.
Al aceptar el miedo y cualquier otra emoción incómoda, la integramos y engendramos un sentimiento nuevo: ligereza, claridad, curiosidad.
En un momento de una tensión desbordada, cuando te acorrale una sensación que no quieres, tienes una oportunidad práctica para encontrar una alternativa a la lucha infructuosa por ser diferente, si aceptas lo que sientes y lo escuchas.
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Me resulta muy complicado aceptar mis demonios porque me programaron para no hacerlos míos si no para tratar de deshacerme de ellos en cuanto los siento, porque no es correcto sentir miedo, ni tristeza, dolor, angustia o cualquier otra cosa negativa. Aprender a vivir con ellos me fue muy complicado pero también ha sido una aventura que no termina de sorprenderme cuánto puede enseñarme a conocerme.
Aceptar mi culpa, mi depresión, mi impostor es algo agotador sin duda pero también revelador.
Descomponer estructuras y patrones que nos anquilosan es como reconstruir un tejido que cicatrizó de manera improvisada.
Es agotador porque supone energía modificar inercias y senderos bien grabados en el sistwma nervioso, pero es una inversión de consciencia que brindará mayor libertad y claridad en futuras decisiones.
¡Gracias por compartir Soledad!