Un poquito de hambre, un poquito de frío

Esa frase me la compartió mi hermana.

Me dijo que su esposo y ella la toman como referencia para enseñar a mi sobrino.

No la conocía, pero me pareció esencial y práctica.

Se refiere a entrenarlo en una frustración propositva, esto es, pequeñas privaciones de vez en cuando.

Me recuerda el “Marshamallow test“, o la prueba del bombón de Walter Mischel, experimento en el que ponían niños frente a una golosina, con la promesa de duplicarla si no la consumían en cierto tiempo.

Este experimento es interesante porque brinda un pronóstico de éxito y satisfacción en la vida de los individuos a partir de la capacidad de procrastinar…

… lo que queremos.

Creo que junto con la capacidad de enfocarse de manera profunda y por largo tiempo, la capacidad de tolerar la frustración o incertidumbre presente con la intención de un bienestar exponencial a largo plazo, son dos habilidades que son cada vez más exóticas y que permitirán destacar no sólo en el aspecto intelectual o emocional, sino también en el económico y en el social.

“Un poquito de hambre y un poquito de frío”, experimentados con disposición, no porque no nos quede de otra, nos brinda confianza al definir lo que es prioritario y soltar distractores. Las restriccciones elegidas nos permiten ahorrar, establecer límites, tener claridad frente a la angustia para tener lucidez  sin caer en compulsiones.

De niños somos más flexibles, pero de adultos podemos seguir obteniendo beneficios de escoger en ocasiones un poquito de hambre, un poquito de frío, un poquito de aburrimiento, un poquito de ahorro, un poquito de algo que sea diferente a lo que haremos de forma automática cuando aparezca alguna emoción incómoda.

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