La comodidad puede ser dolorosa…

Y lo fácil difícil.

A veces es más fácil creer en “deberías”, “tener que”, pensar que la vida es complicada y tener que “trabajar duro”, porque es un discurso tan cotidiano, que pensar lo opuesto de inmediato genera una reacción de rechazo de la “ingenuidad”…

Una idea que me gusta considerar es que hay 2 clases de ingenuidad, dos clases de negación.

La negación amorosa o la negación miedosa.

La negación del pesimismo, o la negación del optimismo.

Hay algunas preguntas que le ponen pausa a alguna insatisfacción que llego a sentir:

¿Cuál de las 2 negaciones será más inspiradora para lo que digo que quiero experimentar?

¿Por qué le tengo tanto miedo a la decepción de lo que ya conozco?

¿Por qué decido protegerme de la frustración de mis expectativas en aspirar bajo y ser “realista-pesimista”?

¿Por qué me refugio sin darme cuenta en querer “tener razón” y sentir una gratificación mórbida cada vez que un desencanto familiar se evidencia?

¿Y si me arriesgará a sentir suavidad, facilidad, merecimiento y una confianza curiosa?,

¿Cuánto creo que me tardaría en adaptar a ese nuevo estado?

¿Por qué tendría que ser difícil la vida?

¿Y si el camino de la menor resistencia siempre está ahí?

Esas preguntas me ayuna a hacer consciente la incomodidad de la zona de confort.

A veces el reto es explorar la facilidad.

Arriesgarse a ser ingenuo y dejar de ser escéptico.

Salir de la zona de confort implica muchas veces explorar la suavidad desconocida y soltar el drama familiar…

O al menos reconocer que en este momento una parte de mí necesita ese dolor, lucha y dificultad.

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