
Me doy cuenta que con mucha frecuencia me siento desorientado. Cuando surge esa sensación es muy fácil que me mueva de 2 formas:
1. Al pasado con recuerdos o al futuro con esperanzas o miedos, y:
2. Al juicio de catálogo de “lo bueno y lo malo”.
Con dinero y con deuda, con pareja y soltero, con amigos y aislado, con salud o con enfermedad, puede que cambie un poco mi percepción, pero ninguna de estas experiencias de tener o carecer algo me ha dado una certeza absoluta.
Lo que sí reconozco es que entre más trato de dejar de cuestionarme si estaré haciendo “lo correcto” , más desorientado me siento.
Y encuentro una estrategia más efectiva para obtener paz, es contraintuitiva:
En lugar de forzar la claridad, trato de reconocer esa confusión, duda, miedo, desorientación.
Después de reconocerla, trato de no pelearme con ese desconcierto, trato de suspender mis juicios y “deberías” mientras escribo, siento o pienso esa desorientación.
Descubro que hay paz cuando veo que hay experiencias que no planeé y superaron expectativas, o cuando veo que hubo retos que aparecieron y llevaban implícitas las herramientas para gestionarlos.
Si me reconcilio con la ausencia de certeza y claridad, con la confusión, con la ausencia de respuestas e instrucciones, y pienso que es muy probable que sea una experiencia crónica…
Empiezo a rendirme, y cuando deja de urgirme resolver la necesidad de orientarme, viene una claridad visceral que no me entrega mi lógica.
Por eso me aferro a la dualidad de “lo bueno y lo malo”, por urgencia de encontrar claridad y orientarme.
Pero descubro que rendirme a la confusión cuando es abrumadora, me da más alivio que esas etiquetas.
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