La delgada línea entre la confianza y la arrogancia

Cruzar esa línea me ocasionó caerme de la bicicleta.

Ir sentado con las manos lejos del manubrio, algo rápido, por una calle conocida, sin trafico por ser día de Super Tazón en un dia esplendoroso, así fue el escenario.

Pequé de confiado.

Con lluvia, de noche, con autos ando más atento.

Pensamientos que pasaron por mi cabeza por este evento:

  1. Sólo hay 2 clases de ciclistas, los que se van a caer y los que ya se cayeron.
  2. Súbete lo más rápido que puedas de nuevo a la bici, después de caerte.
  3. Vergüenza.
  4. Me pudo haber ido peor.
  5. Soy mi más grande aliado y mi más grande amenaza.
  6. “¿Qué aprendo?”
  7. Cómo percibo esta experiencia como algo valioso.

Los desgloso:

  1. Sólo hay 2 clases de ciclistas, los que se van a caer y los que ya se cayeron:

Así me dijeron, una entrenadora y un mecánico, hace casi 20 años. Creo que subirse a la bici, implica riesgos que había olvidado a nivel visceral. Caerme me aterriza, me hace más consciente y respetuoso.

 

2. Súbete lo más rápido que puedas de nuevo a la bici, después de caerte.

Lo pensé  y no me quedó tanta alternativa al estar casi a 10 kilómetros de casa. Subirse de inmediato ayuda a disminuir el miedo, reacción natural después de una experiencia relativamente traumática, y permite quedarse con un último recuerdo que barniza la cicatriz de una herida emocional. Estrategia peligrosa en el caso de dependencias de cualquier cualquier tipo, pero evolutiva en experiencias que nos retan a desarrollar recursos o recuperarlos.

3.Vergüenza.

Un señor en una banqueta y después  una familia en un coche, me preguntaron si estaba bien…

Bien aporreado, pero sin ninguna lesión de gravedad. Sentí vergüenza del espectáculo que debí haber dado al caerme…

Si esa fue una de las primeras reacciones, es que no estaba mal, ese bochorno dio paso a la gratitud, que me dejó en la cabeza:

4. Me pudo haber ido peor:

Un codo o clavícula fracturados, un mal golpe en la cabeza, los dientes… para cómo iba y cómo caí me fue barato. Y aún con los dolores del trancazo, siento mucha gratitud de que no pasó más alla de unos raspones, un chipote ese día en la cadera y un dolorcito en una costilla, agradezco que no pasó a mayores daños.

 

5. Soy mi más grande aliado y mi más grande amenaza.

Ni fue otro coche, bici, moto, peatón, bache… Fue un relieve un poco agrietado que si hubiera ido atento y con las manos en el manubrio no pasaba de una leve vibración.

Aprendo que esta caída  y otro par que tuve hace más de 15 años, si tuvieron que ver con mi falta de cuidado o de experiencia.

No puedo controlar todas las variables, pero me quedo con la pregunta de: ¿en cuántas otras “caídas” económicas, de salud o de mis relaciones, yo me he ido de boca por arrogante o imprudente (o inexperto-inconsciente), pensando que era una víctima?

 

6.”¿Qué aprendo?”

De este golpe salió la entrada anterior con ese título, al recordar de una clase, utilizar esta pregunta en momentos desagradables para orientar la experiencia hacia un ángulo que trascienda el sufrimiento. La lección concreta que se me ocurre pasados unos días de no soltar mis raspones ni mi pregunta, se traduce en el aforismo:

“ERES MÁS DE LO QUE TIENES.”

Que para mí significa que no dimensionaba la salud y seguridad que sentía antes de caerme. Estaba preocupado porque sentía que había subido algo de peso, o porque me sentía insatisfecho con algunas cosas de mi vida, comparando otros momentos.

Sentir dolor al caminar o respirar me realineó, ¿cuántas bendiciones y herramientas tengo en este preciso momento que no aprecio? ¿Por qué tener que sufrir una pérdida o crisis para apreciar todo lo que tengo, incluida esta caída y sus molestias físicas como un elemento de referencia? Esta ultima pregunta lleva al último inciso:

7. ¿Cómo percibo esta experiencia como algo valioso?

Desde la perspectiva de que es una experiencia neutra, ni buena, ni mala.

Sí me dolió, sí me asustó, pero trato de exprimir algo practico de ella: gratitud, consciencia, preguntas, esta entrada.

 

Antes sólo me azotaba de nuevo, ya no sólo con el golpe físico, sino con autoreproches; no desaparecen por completo, pero aprendo a escucharlos y conocerme, en lugar de pelearme con ellos y alimentarlos.

Esto y más es lo que me llevo de haber cruzado esa tenue frontera entre la confianza y la arrogancia andando en bici y en la vida.

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