Por qué es bueno compararte

Durante mucho tiempo me peleé con la idea:

“No te compares”

También con sus derivados: “De nada sirve compararte”, “Cada quien es único”…

Y entre más trataba de alinearme con esa intención de no compararme, más me frustraba, porque seguía comparándome, pero con el agregado de sentirme defectuoso por no poder seguir el “sentido común”.

La idea de que “debería dejar de compararme”, sólo arraigaba esa experiencia: más me comparaba.

Y por lo general la comparación no se quedaba ahí, sino que la mayoría de las veces se volvía devaluación.

Me comparaba con quien fuera, biografías de gente famosa que encontraba en internet, amigos, familia…

¡para devaluarme!

Veía las grandezas de los demás, minimizaba mis logros y el efecto colateral era sentirme cada vez menos inspirado para hacer cambios.

Incluso llegaba a compararme conmigo mismo, cuando era más lo que sea: más joven, más delgado, más fuerte, más adinerado…

Caí en la cuenta de que el único pronóstico seguro era que mi momento actual, en un futuro sería utilizado para compararme en contra.

Cuando reconocí que la tendencia era la comparación para devaluarme, dejé de pelearme con esa inercia.

Ahí empecé a dejar de compararme para lastimarme y comencé a preguntarme cuál sería el propósito de esa actitud, y cómo podría aprovecharla.

Reconocer, por ejemplo, que este momento, sería utilizado para ver lo que no tendría  en un futuro me permitió empezar a ser presente, y ser más capaz, así, de apreciar los recursos que tengo en este instante sin mirar a mis recuerdos o a otras personas.

Por otro lado, me percaté, gracias al trabajo con los pacientes que es de lo más humano y común compararnos, todos lo hacemos, y todos nos peleamos por dejar de hacerlo.

Y no está mal. Necesitamos compararnos.

Por un un motivo práctico que nada tiene que ver con autoestima: nos comparamos porque eso nos permite ubicarnos en el tiempo, en el espacio y en identidad.

El contraste, el ver a otro, nos permite distinguirnos.

Ése es un motivo por el que nos enganchamos en relaciones de pareja que no parecen evolucionar: nos dan punto de referencia.

Sé lo que puedo ser, hacer, dar; cuando tengo alguien a quien dirigir mi energía; o cuando alguien es diferente a mí.

Pero sin esa persona es difícil (no imposible, pero sí difícil) darme cuenta de quién soy, de lo que valgo, de lo que puedo hacer.

Por eso nos comparamos en el fondo: para orientarnos y definirnos.

Concuerdo en que es poco que nuestra autoestima se infle o desinfle según comparaciones superficiales, pero obligarnos a no compararnos, es una invitación tácita a hacerlo aún más.

Por el contrario, encontrarle un sentido a las bondades de la comparación (descubrir patrones inconscientes, conocerme, definirme) ayudará a dejar de batallar con esa convención hueca que queremos concretar sin reflexión ni resultados de “deja de compararte”.

La próxima vez que te caches comparándote, sintiéndote mal porque lo haces o porque no puedes dejar de hacerlo aunque “deberías”, reconoce que es de lo más humano hacerlo, ahí empezarás a dejar de compararte para moverte hacia lo que quieres sin mirar a los lados.

 

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2 comentarios en “Por qué es bueno compararte”

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