
La semana pasada una amiga que desde hace tiempo se dedica a visitar hospitales y espacios donde se encuentran niños como médico de la risa (onda Patch Adams, se explica ella), me compartió la siguiente anécdota:
“Fuimos a un centro de atención a niños cuyos papás estaban en proceso de ser juzgados para estar en la cárcel.
Algunos serán adoptados, otros no, me arrepentí de preguntar a donde irían los que no serán adoptados.
Al llegar a jugar con los niños, llega uno, me jala la bata, me mira con el ceño fruncido y me dice:
-¡No te quiero!
A mí me sacó de onda, pero le conteste.
-¡Ah! Está bien… Yo a ti sí.
El niño refunfuño y se fue corriendo.
Pasó más tiempo, yo jugaba con otros niños y volvió el chiquito para jalarme la bata:
-¡NO TE QUIERO!
Y yo contesté:
-Está bien. Yo a ti sí.
Después de unas horas llegó el momento de retirarnos y el niño en cuestión se acerco para decirme con una cara llena de angustia:
-¡No te vayas! ¡Sí te quiero!
Y yo le contesté:
-Yo también te quiero, pero me tengo que ir. No te preocupes. Voy a regresar.”
¿Cuántas veces somos el niño incongruente que habla con contradicciones, y cuántas somos la doctora de la risa que sabe manejar la ambigüedad con tanta delicadeza?

Arturo Hernández Vera, especialista en dependencia emocional, infidelidad, celos y resolver ruptura de pareja
Psicólogos y terapia individual y de pareja en el D.F.
artherver@yahoo.com.mx
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