
En la madrugada del 1ero de diciembre, mientras iba con un amigo a buscar tacos después de bailar tango cerca del Ángel de la Independencia, pensaba:
“Qué bonita manera de cerrar un mes y empezar otro”.
Con esa transición de noviembre a diciembre, consideré que no le doy importancia a cómo empiezo o concluyó un mes, una semana, un día…
Un tiempo después, escucho en una cafetería a una colega que menciona la influencia de los rituales para que el cerebro procese información y pueda implicarse o desapegarse de algo.
Eso me llevó a recordar una lección que hace años me compartió una amiga:
dejar ciclos abiertos es un drenaje de energía.
Deudas, resentimientos, libros inconclusos, son algunos ejemplos de pendientes que roban pensamiento no permiten movernos con ligereza por la vida.
Con diversas actividades físicas me encuentro con que calentar al principio y estirar al final, psoibilitan una libertad que el acelere no da.
Al bailar, aprendo cómo cachar la última parte de una canción regala placer en la conclusión de movimiento.
Lo anterior me orienta para estar atento a los cierres de momentos cotidianos para tratar de no dar cortes bruscos que es un elemento que me falla con frecuencia.
Estar pendiente con iniciar y concluir, permite integrarme con más facilidad a un entorno o a una relación con conciencia de cuáles son mis ritmos, necesidades, debilidades, recursos y de ahí ser más dispuesto y receptivo a los tiempos y características de aquello que me rodea.
Esto es aprender a sintonizar mi energía con la de mi entorno, lo cual posibilita disfrutar más las experiencias al sumergirse en ellas y establecer límites conscientes.
De ahí pienso que definir mis inicios y conclusiones de pequeñas experiencias, me permitirá darle forma a la energía en empresas más ambiciosas o caóticas.
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