Hace unos meses escribí una entrada acerca de la amabilidad con nosotros mismos como fundamento para la armonía para interactuar con la realidad.
Tomar esta pregunta como un eje de movimiento puede orientar decisiones más claras.

Creo que la pregunta:
“¿Cómo puede ser amable conmigo?”
Resulta de particular utilidad este respecto, sobre todo en momentos de dolor, cuando estamos rotos y es más probable buscar sufrimientos familiares para distraernos en la superficie de una crisis.
Así como hay enfermedades orgánicas y lesiones físicas, también tendremos lesiones emocionales.
Ahí resulta valioso para encontrar alivio transitar por preguntas.
Ir de las interrogantes: “¿por qué a mí?”, o”¿por qué otra vez?”, o “¿cómo elimino el dolor?”, a:
“¿cómo me rehabilito?”, y de ahí a:
“¿cómo puedo ser amable conmigo?”
Preguntar ésto, equivale a poner frío en una inflamación de sentimientos, antes de que se hinche más.
Para lo cotidiano, para lo frívolo, para las decisiones más profundas, preguntar:
“¿Cómo puedo ser amable conmigo?”,
generará una consciencia que en el peor de los escenarios amortiguará sabotajes, o la percepción nublada por el dolor y el cansancio que todo lo interpretará desde el sufrimiento, y permitirá subir gradualmente hacia la armonía, a mi ritmo, posiblemente más lento de lo que a mi capricho le gustaría, pero más fluido de lo que mi evasión me posibilitaría.
Para momentos tranquilos, por curiosidad considera la pregunta del título…
para cuando te quiebres tómala como brújula…
Lo que pienso, lo que voy a hacer, beber, comer, comprar, vivir…
¿Es un ejercicio de amor hacia mí, o es un reciclaje de compulsiones que me dejará aún más vulnerable?
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