Candil de la calle, obscuridad de su casa.
En casa del herrero, cuchillo de palo.
Nadie es profeta en su propia tierra.
Hay múltiples dichos que ilustran la incongruencia humana.
Más allá del desencanto que podría causar una postura cínica al respecto, una óptica que me orienta mucho es la versión que un amigo y colega me decía hace unos años:
CUANDO TE LO DIGO A TI, ME LO DIGO A MÍ.

Esta versión va más allá de los consejos superficiales con nula aplicación.
Me orienta bastante cuando me descubro guiando a alguien en una experiencia que yo no he resuelto, en el instante en el que me cuestiono qué clase de autoridad moral puedo tener cuando cojeo del mismo lado que alguien me pide algún tipo de retroalimentación.
La idea de mi amigo me brinda armonía. Lo que estoy a punto de decir es algo que me conviene experimentar.
Creo que esa es la esencia de los “buenos consejos”, en particular de los que más chocantes me parecen por el contraste de testimonio de aquel que los predica.
Creo que lo que expreso para orientar a otros, cuando brota más reactivo de mis labios, en realidad habla de una indicación que requiero para algún área de mi vida.
Me gusta pensar que eso que me recomiendan y que me molesta, pierde su impacto y es más fácil de asimilar cuando lo interpreto como una necesidad de la otra persona, que bien puede estar alineada con una demanda mía.
Y más me gusta considerar lo valiosa que puede ser una indicación que brindo a alguien y que es tanto algo útil para quién me lo pide, como una respuesta que una parte de mí anhela.
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