
Es una idea que me compartió una paciente para referirse a la relación con sus colaboradores y generar un sentido de responsabilidad cuando la relajación pasa al descuido.
Algo que me orienta en decisiones para alinearlas con mis fluctuaciones de ánimo y con mis circunstancias es pensar en un ajuste de velocidades como lo haría en un vehículo.
No me conviene subir una pendiente con el motor a tope, y menos hacerlo sin inercia…
o bajar esa pendiente que me pone la vida a veces con la marcha que llevo en plano…
o agarrar una curva sin disminuir velocidad un poco antes, no justo al dar vuelta…
o frenar en un charco de aceite y aferrarme a mis costumbres cuando la superficie de mi instante es muy distinta a como era…
Y creo que el “calambre” esporádico no es agradable, pero permite la percepción muy clara de que el motor se está trabando en nuestro vehículo de las relaciones, de la salud, de la economía.
En el caso de mí paciente ese calambre viene en la forma del jalón de orejas que les da a las personas que trabajan con ella cuando confunden amistad con dejadez.
Todos tenemos diversos calambres que nos pone la vida y nos incomodan, pero también nos estructuran.
Son trastabilleos de expectativas que sí entorpecen el ritmo al que estamos acostumbrados, aunque nos protegen de caídas garrafales.
Piedras en el zapato, que quizá ya no son pequeñas, sino de tamaño regular que nos obligan-permiten hacer una pausa que no haríamos de otra forma.
Vale la pena que la siguiente ocasión que algo en tu vida te decepcione, trates de preguntarte aún en medio de la bruma de frustración:
¿ Qué me está pidiendo mi vida, mi momento actual que atienda?
¿Quién sabe..?
Quizá ando electrocutado en algún aspecto de mi existencia por no atender a varios toques previos.
Copyright secured by Digiprove © 2022 Arturo Hernández