¿Qué tanto me contagio de miedo?

 

Cuando empezó la pandemia sentí  mucha incertidumbre, esa incertidumbre se ha vuelto miedo en días recientes cuando me enteró de lo fácil que es contagiarse.

Es casi inevitable la virulencia, pero creo que más fuerte que los físico, llega a ser lo emocional. El miedo es altamente contagioso y es muy utilizado como un elemento de conexión y pertenencia.

Las emociones son muy contagiosas. Si un bostezo se contagia con facilidad, ¿cuál no será el alcance de la paranoia?

Hace poco leía de algo llamado el efecto nocebo, el lado obscuro del efecto placebo.

En contraste con este último, que aprovecha la sugestión para fortalecer la respuesta inmunológica de nuestro cuerpo, el nocebo se apalanca en nuestra susceptibilidad para disminuir nuestras defensas a partir de nuestros pensamientos y emociones.

La sola idea de esta posibilidad me deprime y asusta, pero también me ayuda a ser más cuidadoso con mi atención.

Hace un tiempo mientras platicaba con una amiga de múltiples libros, ella me preguntó qué tanto aplico en mi vida lo que leo. Le respondí que gran parte de lo que leo seguramente no aflora en ejecuciones planeadas y concretas, pero que sí es inevitable que algo va a quedar y se va a filtrar, de manera casual y sin gran esfuerzo de mi parte. Es un proceso idéntico a cuando tarareo alguna canción que escuché y no me la puedo sacar de la cabeza aunque ni siquiera me guste. Algo siempre se queda y define mis decisiones y sus consecuencias.

Frente a este reonocimiento de que soy una membranita que filtra más  de lo que a veces quisiera, procuro ser cuidadoso con información que puede alterarme. Mucha no la podré evadir, pero sí tengo bastante más control del que creo cuando estoy ansioso.

A veces ando algo desconectado y me entero por amigos o pacientes de las noticias. Si algo es relevante inevitablemente me enteraré, pero la mayor parte de la información es ruido que se recicla o que no trascenderá, dirigido a mover nuestras fibras emocionales.

Si empiezo a escuchar con atención puedo empezar a reconciliarme con la incomodidad de mi miedo.

Si logro esta tregua, podré discernir mi miedo irracional del prudente. El miedo que me cuida de hacer algo que lastime mi integridad física, emocional o económica, del miedo que uso para limitarme y justificar mis frustraciones conocidas.

Filtrar estímulos, diminuir la actividad, hacer pausas cuando siento la necesidad compulsiva de hacer algo o ser productivo de manera superficial, me da la oportunidad de escuchar a la ansiedad, y poder comenzar a discernir el miedo sabio, del miedo que me mantiene en lo conocido que me genera impotencia.

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