No soy una persona impulsiva. Al menos no la mayor parte del tiempo.
Se me da con mucha facilidad analizar, pensar, fantasear, imaginar. Me encantan las palabras, los argumentos, las causalidades…
Eso tiende a ser una desventaja en el momento en el que tengo que actuar o decidir algo.
En muchos momentos en los que la saturación de pensamientos me bloquea para concretar algo, me sirve la frase de entrada:
“Más vale hecho, que perfecto.”
Otra frase que me ayuda cuando me paralizo antes de moverme, cuando trato de quedar bien con todos, y simplemente las posibilidades imaginarias me abruman, es:
“¿Cómo podrías hacer las cosas de la peor forma que pudieras quedar mal con todo mundo y contigo en un solo movimiento?”
Es tan grotesca la pregunta que me hace dejar de pensar, siento más ligereza para moverme, y me doy cuenta que la mayoría de mis inseguridades son imaginarias.
En ese momento las cosas salen mucho mejor de lo que esperaba, o suelto pendientes que me desgastan y se acumulan en mi cabeza.
Antes me tardaba mucho en hacer las cosas, ahora me tardo menos en concretar. También es una realidad que cometo más errores que antes (la mayoría inocuos), pero también los aprendizajes y beneficios son mucho mayores que los imaginarios.
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