La vida no es un ensayo
Hace unos años, yo era el jefe de exploradores de un grupo de boy scouts y nos encontrábamos en los Grand Tetons, una cordillera situada en el extremo noroccidental de Wyoming […]. Éramos dieciocho personas […]. La mañana en que los chicos tenían que acometer […] una durísima caminata de 30 kilómetros, los reuní alrededor de la hoguera para hablarles sobre la importancia de fijarse metas y dar una orientación y un propósito claro a sus vidas. Peter Vidmar, ganador de dos medallas de oro en gimnasia en los Juegos Olímpicos y uno de los principales oradores del país, me contó que hacía poco había participado en una conferencia con uno de los especialistas en conducta humana más reputados del mundo, el doctor Gerald Bell, catedrático en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. Peter me habló de una encuesta que el doctor Bell había realizado recientemente con el fin de analizar la vida de más de 4,000 ejecutivos jubilados. Había hablado con esos destacados líderes empresariales, cuya media era setenta años, […] y les había formulado una sola pregunta:
“Si pudiera volver a partir de cero, ¿qué cambiaría en su vida?”
Para reforzar la credibilidad del doctor Bell ante los chicos, les dije que había ayudado al equipo de baloncesto de Carolina del Norte a ganar el campeonato nacional cuando un joven llamado Michael Jordan formaba parte del equipo. […].
Expliqué a los chicos que Dean Smith era el entrenador que había perfeccionado la preparación física de Michael Jordan. El doctor Bell, por su parte, había sido el responsable de su preparación mental.
Mientras esos exploradores, de entre doce y catorce años, me observaban, les expliqué lo que esos ejecutivos de setenta años habían respondido cuando el doctor Bell les preguntó qué cambiarían de sus vidas si pudieran volver a partir de cero.
La respuesta de la mayoría de los encuestados, que superaba con mucho a las demás respuestas era ésta:
“Habría asumido el control de mi vida y me habría marcado unos objetivos antes. La vida no es un ensayo, es el momento de la verdad.”
Comenté con los demás boy scouts las demás respuestas a la encuesta:
2. Habría cuidado más de mi salud.
3. Habría administrado mejor mi dinero.
4. Habría dedicado más tiempo a mi familia.
5. Habría invertido más tiempo en mi desarrollo personal
6. Me habría divertido más.
7. Habría planeado mejor mi carrera.
8. Habría demostrado mayor gratitud a los demás.
Los […] rostros de los chicos […] mostraban diversos grados de atención. Mi propósito era que empezaran a pensar en su futuro, y de forma más inmediata, en lo que podían hacer ese día. […].
Más tarde, durante la caminata, algunos chicos empezaron a rezagarse y les reté a que sobrepasaran los 30 kilómetros requeridos, que finalizaban en String Lake, y anduvieran otro kilómetro hasta Bearpaw Lake. Si lo hacían y regresaban a String Lake habrían recorrido 31 kilómetros. Prometí llevar a todos los que recorrieran esa distancia a Jackson Hole e invitarles a comerse el mejor chuletón de su vida en el Million Dollar Cowboy Steakhouse. Así comprobarían que había una recompensa por recorrer ese kilómetro adicional.
Me llevé a cuatro de los quince exploradores. Dejamos al resto del grupo en el campamento y empezamos a correr, deseosos de rebasar el límite requerido. Pero tras recorrer varios kilómetros, cuando alcanzamos el desvío donde podíamos tomar un sendero rápido y fácil hacia String Lake o perseverar por la ruta más larga hacia Bearpaw Lake, dos de los exploradores cambiaron de parecer. Es interesante resaltar que esos dos chicos nunca habían tenido que afrontar situaciones difíciles en sus vidas, habían tenido unas vidas privilegiadas, como si hubieran nacido con un pan bajo el brazo. Cuando llegamos a la encrucijada, se contentaron con terminar cuanto antes la caminata. En lugar de seguir hasta Bearpaw Lake, se dirigieron directamente a String Lake.
A diferencia de ellos, los dos exploradores que se quedaron eran chicos que siempre estaban dispuestos a afrontar un reto, deseosos de superarse, de arriesgar, de crecer y ampliar horizontes. […].
Cuando llegamos a Bearpaw Lake y dimos la vuelta, sabiendo que sólo necesitábamos recorrer el último kilómetro por un terreno que describía una ligera pendiente para alcanzar la meta que nos habíamos impuesto (y el chuletón que les había prometido), miré hacia abajo y vi aparecer un corredor en excelente forma física que avanzaba con paso rápido y decidido. Llevaba gafas, aparentaba cincuenta y tantos años y en lugar de la expresión crispada que muestran muchos corredores, lucía una amplia sonrisa. Me alegré de contar con la compañía de otro corredor, pues ese kilómetro adicional no suele estar muy concurrido. Al acercarse me preguntó:
-¿Es usted el jefe de exploradores Kevin Hall?
[…]
-Sí –respondí.
-Acabo de pasar junto a dos de sus exploradores y estaban preocupados pos si ustedes se extraviaban y no encontraban el camino de regreso –dijo el corredor-. ¿Le importa que vaya con ustedes y les indique el camino?
Me reí y contesté:
-Gracias. Conozco la ruta, pero estaremos encantados de que nos acompañe- Luego le pregunté qué le había traído a los Tetons.
-Estoy de vacaciones. Me encanta esta zona del país –dijo.
Quise saber de dónde era.
-De Chapel hill en Carolina del Norte.
-¿No conocerá por casualidad al doctor Gerald Bell?
El corredor se paró en seco, al igual que yo y los dos chicos que nos seguían por poco chocan con nosotros. Me miró y añadió:
-Verá… es que… el doctor Gerald Bell soy yo.
No sé quién estaba más sorprendido de ese encuentro fortuito, pero cuando nos recobramos de nuestro estupor, seguimos corriendo mientras yo explicaba al doctor Bell que esa mañana […], habíamos hablado sobre su estudio de 4,000 ejecutivos jubilados.
-¿Es cierto que si estos ejecutivos pudiesen volver a empezar lo que cambiarían sería marcarse antes unas metas en la vida?
-Absolutamente cierto -contestó el doctor Bell.
Los dos exploradores estaban asombrados y entusiasmados de que nos hubiéramos encontrado con él. En esos momentos no existía una persona con quien me apeteciese más conversar, y el doctor Bell, que siguió corriendo junto a nosotros por el sendero, nos proporcionó numerosos datos y pormenores sobre su estudio esforzándose por recalcar la importancia de que uno asuma las riendas de su vida fijándose unas metas. Esos exploradores aprendieron una gran lección: cuando uno recorre ese kilómetro de más pueden ocurrir cosas asombrosas.
Cuando nos despedimos, pregunté al doctor Bell qué probabilidades calculaba que teníamos de encontrarnos en el sendero precisamente el día en que yo les había hablado a los exploradores sobre su estudio. Respondió que no podía dar una cifra, quizás una entre un billón. […].
Aunque algunos quizá prefieran atribuirlo a una casualidad, al azar o a la simple suerte, sé que cuando aspiramos a alcanzar nuestros objetivos, cada conexión que hacemos conduce a otra, a otra más y así sucesivamente.
[…]
Después de dedicar buena parte de mi vida al estudio del potencial y el desarrollo humanos, he llegado a comprender que quienes siguen su auténtico sendero y propósito hacen cinco cosas:
1. Son capaces de interpretar las pistas que les guían en su camino.
2. Tienen muy claro a dónde se dirigen.
3. Reconocen y aceptan sus dones naturales.
4. Están dispuestos a sacrificarse para hacer grande aportaciones.
5. Persiguen su felicidad y, en consecuencia, encuentran a personas en su camino que están allí para ayudarles en su viaje.
Hall, Kevin, El Poder de las Palabras, España, Ediciones Urano, 2010, pp. 46-51.