
Ilusionarnos nos inspira, eso permite movimiento, pero en algún momento, esa inspiración se vuelve miedo a perder la ilusión original.
Sucede entonces una crisis, rechazamos el cambio.
Y entre más lo negamos, peor nos sentimos.
Estar abiertos a una decepción consciente, por el contrario, permite integrar. Las expectativas se vuelven menos elevadas y, en consecuencia, el apego por una circunstancia concreta, no tendrá un aterrizaje tan brusco cuando la ilusión original no sea afín con nuestros deseos.