Durante toda mi vida he sentido vergüenza.
El miedo al rechazo, la búsqueda de aprobación, la preocupación por hacer el ridículo se presentan con frecuencia en mi historia.
Al dar terapia descubrí que pelear con una emoción la acentúa.
Y fue liberador descubrir que jugar con la vergüenza puede integrarla, compartirla o volverla una experiencia dulce.
El trámite para llegar a esta conclusión jamás se me hubiera ocurrido: un mameluco.

Hace un año mi novia me sembró la idea, y mi reacción fue hacerme de la vista gorda…
Ara jugaba a cada rato con mi bochorno cotizando el atuendo en diferentes lugares y buscando lo más llamativo que pudiera aparecer.
Así pasó durante 11 meses, hasta que un día de noviembre, al pasear en el centro, algo que no sé explicar me impulsó a preguntar, comprar y estrenar un mameluco en tiempo real…
La diseñadora del proyecto mameluco no opuso resistencia.
En el momento a mí se me hizo fácil ponerme la prenda y salir por eje central (aún con el calor de la tarde de domingo y andar en el metro).
Lo irónico es que ahí se invirtió la vergüenza (sólo una cuadra, pero se invirtió un ratito), a mí me sorprendió, pues Ara no le teme al ridículo, juega con ello y se sabe reír de sí misma.
Aprendo, en primer lugar, que puede ser liberador exponerse con intención a situaciones que nos aprietan algún sentimiento incómodo.
Aprendo, también, que las emociones desagradables se pueden socializar para trascenderlas.
Yo solo no me hubiera atrevido, pero repartida la vergüenza es más fácil y genera complicidad, ya luego se extendió la moda del mameluco con mi cuñada, con mi hermana y mi sobrino también (que ya se habían adelantado el año previo).
Y aprendo que en invierno, con el frío es un ajuar bastante práctico.
Nunca se me hubiera ocurrido una estrategia tan juguetona para ponerle pausa un rato a mi vergüenza.