Lee lo que te guste y eso te llevará a leer lo que necesitas.
Fue una idea que me encontré el año pasado y me hizo mucho sentido, más que disciplinarme o esforzarme.
He tenido unas cuantas rachas en las que me da pereza leer. Pocas, pero han sido nítidas.
Sí sé que en estos lapsos de disminución o ausencia de lectura, paso más tiempo con pantallas o con pensamientos y emociones que tienden a desorientarme y restarme inspiración.
Y aún con la claridad de que leer enfoca mi cabeza a experiencias que me brindan armonía, me resulta contraproducente obligarme a agarrar un libro.
El aforismo de la entrada me recuerda porqué empece a leer. Porque mi mamá me leía cuentos de niño, y porque mi papá me compraba comics a esa edad.
De lecturas “superficiales”, desarrollé una inercia para textos cada vez más complejos.
Y cuando aparece un bache de falta de motivación para hacer algo que sé que me aporta, pero que también me supone un rol más activo que divagar por el celular, empezar con una novela que me intrigue, o un comic, me vuelve a encarrilar para textos que terminan por darme respuestas y ánimo.
Creo que ese principio de la lectura se puede aplicar a aquello que sé que me hace bien, pero no ando tan dispuesto a retomar: reactivarlo desde un ángulo que no sea tan exigente pero que en esencia suponga el proceso, ya sea leer, nutrir, adminsitrar, entrenar o amar.
Cuando me hundo o me canso, busco volver a “leer” algo muy básico y satisfactorio, que no me demande tantos recursos, pero que me retroalimente de sentimientos agradables.
Copyright secured by Digiprove © 2022 Arturo Hernández 