¿Qué tanto te duele?



¿Qué tanto te duele?

 

Primer acto:

 

Llega una señora con un médico especialista en sordera y le solicita una revisión. El galeno le pregunta qué sucede y ella le balbucea algo ininteligible, le sonríe, hace muecas, y escribe que no oye, que si se lo puede escribir, él médico redacta: ¿Cuándo dejo de oír? “Apenas”, reza el trozo de papel. ¿Cuándo empezó a dejar de oír? Hace 8 años. ¿Y por qué no vino hace 8 años? Porque hace 8 años todavía oía, poquito, pero oía.

 

Segundo acto:

 

Una persona va al dentista y se queja de una jaqueca impresionante, acompañada de un hedor insoportable característico de una pieza podrida al momento de abrir la boca. El especialista preguntará: ¿por qué viene? El dolido responderá con disgusto: ¡Porque me duele! A lo que podría acometer el médico: ¿Y por qué hasta hora? Y seguro que la respuesta no será tan feroz como la previa: Es que… no me dolía tanto. Me tomaba una pastilla y se me controlaba.

 

Tercer acto:

 

Es que… no me dolía tanto. Es qué no tenía tiempo… Es que no tenía dinero. Múltiples respuestas reales y legítimas surgirán para justificar la falta de movimiento, pero resulta casi siniestro, que sea el dolor el componente que demande la búsqueda de sentido. Pero no cualquier dolor.

 

Los dolorcitos mediocres son buenos anfitriones. Nos invitan a consentirlos, apapacharlos, son como pequeños detalles que adornan a la persona, que la revisten de una suerte de dignidad, que a veces es compadecida por los demás y, ya no digamos, admirada. Eso es trágico.

 

¿Por qué ser indulgente con el deterioro, con el maltrato, con el paso del tiempo?

¿Por qué se consiente el sufrimiento?

 

No creo que por simple desidia o morosidad.

 

Lo peor que podría pasar no es estar peor, claro que duele el rechazo, la pérdida, el fracaso, y ser víctima de alguien o algo, pero duele más la incertidumbre que genera el bienestar.

 

Sentir que no se tiene libertad, que las condiciones son abrumadoras, que la gente es injusta e intolerante… duele, pero es menos molesto que arriesgarse a conocer nueva gente y cambiar de condiciones. A veces es más cómodo aguantar el dolor que asumir más y más compromisos, más y más libertad, más y más bienestar.

 

Por eso es que no duele tanto, aunque se crea, porque el sufrimiento es muy fácil de consentir. Sólo tienes que permanecer estático.

 

Pero cuando llega un dolor sublime, uno regio, uno que te llega a las raíces nerviosas, ahí es cuando de verdad se busca libertad. Quizá ese sea el beneficio del dolor. Que mueve tanto como un placer muy intenso.

¿Tú qué tienes? ¿tienes dolorcitos que cuidas y cultivas, tiene un dolor que te impulsa o un placer que te inspira?

 

 

Arturo Hernández Vera especialista en dependencia emocional, infidelidad, celos y resolver ruptura de pareja
Psicólogos y terapia individual y de pareja en México D.F. y CDMX, Cólonia del Valle y Narvarte, Delegación Benito Juárez.

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