Pedagogía del miedo

Me tiemblan las piernas, se me olvida todo lo que siempre llevo en mi cabeza, me dicen que lo mejor no es ver abajo. Lo hago, me pongo más tenso, mi corazón se acelera, respiro hondo, miro a un lado, luego al otro, se oye mucho aire, hace calor, pero siento frío, aún cuando sin lentes no veo, todo cobra más nitidez, mis pies descalzos sienten la piedra dura.

 

Imagino: si me patino y caigo mal, si me pego con una piedra…

 

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En este lugar fue el segundo salto.

No es tan alto, pero cuando uno está en el borde, la reacción automática es voltear abajo, sentir vértigo, y no querer lanzarse. Se establece un círculo vicioso: miras abajo, sientes más miedo, te paralizas…

 

El miedo se incrementa, cada segundo la parálisis se incrementa.

 

Eso pensaba antes de saltar de dos rocas al agua antier y el día previo, una en mar abierto, la otra en una cascada. Es precioso el paisaje, pero sólo da miedo.

 

Un par de veces intenté aventarme, sólo echaba los brazos para atrás como para agarrar impulso, tendía un poco el cuerpo adelante y me quedaba tembloroso con el tronco hacia adelante y la cadera con las piernas atrás manoteando en el aire para conservar el equilibrio y decidir de último momento no hacerlo. Volteaba a ver a todos lados para buscar algo que me tranquilizara sin hallarlo.

 

Por fin, lance un pie adelante y medio me impulsé con el otro, con los brazos abiertos, grito, cierro los ojos y sólo se siente un golpe fresco y un murmullo de burbujas satisfactorio mientras sacó el agua por la nariz, me quedo un momento ahí abajo, salgo muy contento y acelerado.

 

Lo único en lo que pienso es que quiero volver a saltar.

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La playa del primer salto

Salto varias veces, en todas hay miedo, pero la primera vez fue la que más temor me generó. En todos los saltos fue muy rico dejar de pensar o preocuparme por nada que no fuera estar ahí, al borde del vacío, y dejar de pensar en el breve momento en el aire antes de tocar el agua fue delicioso, pienso demasiado y valoro cada pausa que puedo dejar de hacerlo.

 

Creo que todos tenemos rocas y saltos en nuestra vida, pero a veces son muy sutiles y el miedo que vivimos es silencioso y elegante, pero con el paso del tiempo se hace más fuerte y nos inventamos pretextos que no nos dejen saltar.

 

Creo que el miedo es normal, y creo que la satisfacción de volver a vivir algo que nos da miedo, pero no nos lastima, es uno de los grandes placeres de la vida.

 

Arturo Hernández Vera, especialista en dependencia emocional, infidelidad, celos y resolver ruptura de pareja

Psicólogos y terapia individual y de pareja en el D.F., ahora CDMX.

artherver@yahoo.com.mx

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4 comentarios en “Pedagogía del miedo”

  1. Arturo:
    Has descrito muy gráficamente como se siente cuando realizas una nueva experiencia y sobre todo cuando ésta, te genera miedo de algún tipo. Después la adrenalina compensa ese miedo y te acelera para realizarlo de nuevo. Lo importante es poder romper esa delgada línea de quedar en el intento y hacerlo.
    En hora buena por compartir.

    1. Creo que el miedo, nos permite ser más sensibles a una realidad, despierta todos nuestros sentidos, hasta cierto nivel nos permite incrementar nuesstra capacidad de aprender.

      El trascender el miedo brinda una suerte de satisfacción que es díficil encontrar en otras vivencias.

      !Gracias por comentar Marco!
      ¡Un abrazo!

  2. Pfff… aventarme “al vacío”!!! Eso de la incertumbre definitivamente no es algo con lo que se me facilite lidiar… Debo aprender a “tomar el riesgo” de hacer esas cosas que me causan mayor temor… El miedo debe alertarme pero no debe dominarme y/o paralizarme…

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