
En el consultorio y en mi cráneo me encuentro con una afirmación que se acompaña de frustración.
Un “Yo sé…”
Que viene junto con pegado con algún “debería”.
Menciono la frustración, porque aunque a nivel intelectual, moral y social sé mucho, rara vez eso que se sé coincide con lo que siento, o con algún resultado concreto que no se define por más piedra que pico desde ese deber ser.
Más si es alguna emoción desacreditada, como la ansiedad, la apatía, la tristeza, los celos, la envida, el miedo, el enojo, la culpa, la confusión.
Creo que pierdo mucha luz cuando me obligo a hacer algo desde un ideal genérico y alguna emoción incómoda suelta un alarido que se incrementa entre más forzo ese “debería sentir o hacer” y el resultado no se ajusta con esa expectativa.
La frustración, la tristeza, la impotencia… no son experiencias agradables, pero son valiosas, pues dan una ruta muy nítida hacia un “deber ser” intuitivo y funcional.
Hay muchas cosas que sé. “Sé que debería ser maduro”. “Sé que debería ser seguro”. “Sé que debería valerme lo que los demás piensan de mí.” “Sé que debería fluir y soltar.” “Sé que debería dejar de preocuparme.” “Sé que debería ser más agradecido.”
Hay muchas cosas que sé, pero que si las obligo sólo me harán sentirme más inadecuado o temeroso de rechazo.
Sé que debería seguir en un trabajo o en relaciones o con un hábito que en el pasado me generaron bienestar o que la prometen en un futuro…
pero si mi salud o mi armonía se desequilibran cada vez más, el sentir se impondrá… no de la forma más dulce.
Lo que me encuentro es que si le hago caso a mi sentir, me lleva a un saber más responsable y personal a la medida de mi contexto y momento particular y al final alinea: lo que debo de y lo que tengo que, a lo que hago… y puede que hasta a lo que digo, de una forma muy natural sin esfuerzo, sin duda, sin remordimiento…
Sólo cacho que me cuesta un poco dejarme guiar por sentimientos sutiles, y que las emociones estridentes sí terminan por ser una guía muy evidente por lo evidente de su impacto.