
Una amiga me contó la siguiente historia:
Tengo un sobrino de seis años al que no le gustan las verduras, y me preguntó si a mí me gustaba el brócoli.
-No –le contesté-.
El sonrió, suponiendo que ya tenía cómplice para rechazar las verduras que estaba a punto de servirle su mamá.
Mi hermana nos sirvió calabacitas y comencé a comerlas.
-¡Tía! ¡Pero si tú dijiste que no te gustaban las verduras!
-No me gustan, pero a veces tenemos que hacer cosas que no nos gustan por las que sí nos gustan. A mí me gusta estar sana, por eso como verduras aunque no me gusten.
Mi sobrino, se quedó callado y comenzó a tomar agua, yo le dije:

-Si tomas agua te va acostar más trabajo pasarte las calabacitas…
-Bueno… ¿Me das una tortillita para que se me pase más fácil?
Gabriel, a veces tenemos que hacer cosas que no nos gustan para llegar a las que sí queremos,
a veces evadimos lo que tenemos que hacer por otras actividades que nos ocupan, pero que sólo nos llenan la panza y nos dificultan aún más hacer lo que nos tocaba en un principio,
a veces nos la ingeniamos con “tortillitas” existenciales para que se nos haga más ligero algo que no nos gusta hacer para llegar a lo que sí queremos…
Sabio el sobrino de mi amiga, ¿no?
Arturo Hernández Vera, especialista en dependencia emocional, infidelidad, celos y resolver ruptura de pareja
Psicólogos y terapia individual y de pareja en el D.F., ahora CDMX.
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Un comentario en “El taquito de calabacitas”