
El lunes en una taquería despues de bailar, escuché que un amigo le preguntaba a una amiga qué se había llevado de un curso que tomó con un maestro hace poco.
Me caló su respuesta:
“Mas que técnica o lo que decía durante la clase que fue mucho, fue ver y sentir cómo se movía en este taller, a diferencia de otro que tomé hace años con él.
Siempre ha bailado muy bien, pero ahorita se nota más auténtico, más libre, más cómodo con él mismo…
Y eso es lo que me llevé:
Si estás a gusto contigo, en tu propia piel, vas a comunicarle eso a tu pareja al bailar.”
Se me hizo muy profundo eso.
Para bailar y para la vida en genera, me ilumina mis evaluaciones crónicas e íntimas.
¿Qué tanto transmito eso cuando bailo, cuando trabajo, cuando entreno, cua do platico, cuando como?
El objetivo se cumple en la ejecución, pero ni lo disfruto, ni lo siento satisfactorio.
En contraste, me puse a pensar: ¿cuándo me siento más a gusto en mi piel?
Cuando juego, cuando me involucro, cuando me implico sin forzarlo, cuando me río, cuando me sorprendo tarareando, muchas veces cuando manipulo papel y tinta, no desde el hábito o el rigor, sino desde la curiosidad.
Siento que cuando más a gusto me he sentido en mi propia piel, es porque dejo de obsesionarme con mi propia piel, con mis dramas o mis logros, y me entrego a la conexión con algo o alguien, concreto y, a veces, en serena meditación.
Ironías de la vida: tiendo a ensimismarme y, en conexión, diálogo e intercambio es cuando llego a encontrar una definición del gusto por mi propia piel.