Archivos de la categoría Sin categoría

La cuenta de banco de las emociones

Pprtada del libro de Robin Sharma
Pprtada del libro de Robin Sharma

Hace 1 semana escuche un libro de Robin Sharma, su nombre: “El Santo, el surfista y el ejecutivo”.

Creo que lo que más me impactó del libro fue una metáfora en la que relaciona una cuenta de banco con las relaciones que establecemos.

Seguir leyendo La cuenta de banco de las emociones

La mejor película de terror que puedas encontrar

La mejor película de terror que puedas encontrar

 

"Psicólogos DF psicólogos Colonia del Valle psicólogos dependencia emocional terapia de pareja psicólogos México Psicólogos Benito Juárez"
la imaginación puede generarnos escenarios catastróficos con sus consecuentes emociones

Un amigo me platicó hace tiempo que el mejor cine de terror es el oriental. No recuerdo bien de qué país me dijo específicamente que eran las películas, sin embargo, enfatizó en que el elemento primordial para desorganizar al espectador no se incluye en el presupuesto de la producción de la película.

 

Ese elemento es: La IMAGINACIÓN.

Seguir leyendo La mejor película de terror que puedas encontrar

Suspende tus expectativas

Quiero que te des cuenta de algo…

Contesta: ¿Cuándo te sale bien algo?

La respuesta: Cuando no esperas nada.

Cuando no hay nada que perder, no hay miedo al fracaso, ni al ridículo.

Cuando no hay nada que ganar no hay ilusiones que se queden chicas cuando la realidad las toca.

Todo sale bien en cuestión afectiva, económica, en salud…

Cuando no ansías nada del futuro, ni rememoras fracasos o éxitos pasados.

Cuando disfrutas el aquí, el ahora, y no hay nostalgia ni esperanzas.

Cuando te concentres en saborear cada segundo…

Ahí es cuando tendrás éxito.

Así que la próxima vez que quieras que algo te salga estupendamente…

Concéntrate y por favor…

SUSPENDE TUS EXPECTATIVAS.

Arturo Hernández Vera, especialista en dependencia emocional, infidelidad, celos y resolver ruptura de pareja
Psicólogos y terapia individual y de pareja en el D.F.
artherver@yahoo.com.mx
0445530729624

Psicólogos DF : ¿Qué idioma hablas?

¿Qué idioma hablas?

Ayer, sábado y el jueves me pasó algo extraño. Me di cuenta que todos hablamos diferentes idiomas emocionales. Nos lo enseñan nuestros padres, nuestra historia, nuestras frustraciones y éxitos…

Ayer, como decía con una paciente, descubrimos que su código es el de las lágrimas. Cuando llora siente alivio, y la gente le hace caso.

Lo mismo ocurrió con una pareja el jueves, ella habla por lo menos dos idiomas, el del silencio, y el de las lágrimas. Por su parte, él habla el idioma de las sonrisas y el optimismo, de contagiar a al gente con energía, y huye de la tristeza, pero cuando ella llora le hace caso… hasta cierto momento en el que él huye de la tristeza, porque simplemente ese código le resulta incomprensible, no por las palabras manifiestas, sino por la emoción que permea la comunicación.

No deja de maravillarme todos los elementos que tenemos para conectarnos con otra persona: contacto físico, mirada, tono de voz, respiración, rubor, chistes locales, apodos, juegos, recuerdos, afecto, resentimiento…

No deja de impresionarme también, como no somos conscientes de esta riqueza de elementos para conectarnos con el otro. Simplemente no nos enseñan a ser empáticos y a transmitir nuestras necesidades con respeto, consideración, cuidado.

Tanto en el consultorio, como fuera de él, me he dado que uno de los más grandes placeres que tiene el ser humano con su consciencia y con su capacidad de comunicarse de una manera tan compleja, es sentirse comprendido, es sentirse conectado, es sentirse escuchado…

En parte por eso es tan rica la intimidad sexual, porque es un momento de comunión con la otra persona, es deliciosa e inefable toda la gama de sensaciones que permite el encuentro con el cuerpo de otra persona, pero sentir la conexión profunda con esa persona más allá del placer corporal, poder confiar y entregar es delicioso.

Considerando los dos párrafos anteriores, me doy cuenta que transmitirle a otra persona que es importante para ti y sentir comprendidas tus partes profundas y superficiales, triviales y complejas, así como comprender las suyas da un placer una paz del que muchas veces nos perdemos. El de sentirnos comprendidos y conectados, el del perderle el miedo al rechazo o querer quedar bien y mantener una máscara social que siempre termina por pesar. Es muy placentero poder mostrarle a alguien las limitaciones, fragilidades, peculiaridades y grandezas que tenemos. Saber que esa persona no te va a juzgar, no te va a querer cambiar, que podrá molestarse contigo y tu con ella, pero que esos mismos malos entendidos permiten una amalgama potencial para hacer más estrecha, consciente y satisfactoria la relación.

Creo, volviendo a lo que escribía en un principio, que todos hablamos diversos idiomas, y que si somos conscientes de cuál es nuestra fórmula ganadora para comunicarnos, podríamos aprovecharla con mucha nitidez, incluso, podríamos empezar a descubrir el idioma de la otra persona, y podríamos empezar a hablarlo, para, posteriormente, enseñarle el nuestro. No como un ejercicio de sumisión, sino como la apertura a una experiencia completamente diferente a la que estamos acostumbrados, a una manera diferente de entender la realidad e interactuar con ella.

Todos hablamos diferentes idiomas, hay gente a la que le gusta llorar, habemos a quienes nos gusta intelectualizar, hay gente que gusta de reír, a otras explotar y mentar madres, mientras que algunos prefieren hablar sin hablar: con silencio.

Tenemos múltiples idiomas, pero por lo general predomina uno o dos, que nos han funcionado durante toda nuestra vida. Hay momentos en que rumiamos un poco algún otro, sin embargo, en situaciones límite podemos darnos cuenta de que sí sabemos el idioma de las lágrimas o la agresión para defendernos o desahogarnos.

Para terminar me gustaría preguntarte qué idioma o idiomas hablas… ¿Cuál es tu código?
¿La risa, la introversión, el enojo, las lágrimas, la justificación, la curiosidad, el enojo…?

No hay uno mejor que otro.

Aristóteles creo que en su Ética, decía que no es malo enojarse (y lo mismo puede aplicarse para reírse, llorar, encelarse, ceder o cualquier otra respuesta), lo importante es hacerlo con la persona adecuada, en el momento preciso, en la cantidad adecuada.